11 de junio de 2010

La belleza está en el ojo del observador

No había luz en el interior del templo abandonado. En algún lugar se colaban las olas del mar, golpeando las rocas y las columnas y dando al ambiente un olor a sal.

El templo también olía a peligro. Sin embargo, el pintor se adentró en él, aferrando un papiro y sus pinceles en una mano y una antorcha en la otra. El cuerpo le temblaba, pero no de miedo, sino de emoción, y su corazón latía como el de un hombre enamorado.

No estaba solo. Podía escuchar el sonido de las escamas rozando la piedra. Ella sabía que el pintor estaba ahí y lo vigilaba, preparándose para atacar. Pronto se arrojaría sobre él.

Poniéndose de espaldas y de rodillas, el pintor cerró los ojos, depositó en el suelo todo menos la antorcha, y alzó las manos para demostrar que no llevaba armas consigo. El sonido de las escamas estaba muy cerca ahora, casi frente a él.

—Vengo en paz —dijo el pintor. Le respondió un siseo cargado de ira. —Sólo quiero retratarte. Yo... creo que eres hermosa.

La criatura se detuvo. Probablemente no había escuchado esas últimas palabras en mucho tiempo, y debían haberla sorprendido.

—Aún no te he visto —siguió el pintor—, pero si me dejas mirarte no cambiaré de idea. Sé cómo eres. Y aun así pienso que en ninguna parte encontraré una criatura más bella que tú. Te llaman monstruo. Están equivocados. ¿Puedo abrir mis ojos? Quiero capturar tu imagen para admirarte por siempre.

No hubo respuesta, pero tampoco pareció que la criatura siguiera enfadada.

El pintor se atrevió a mirar, usando un espejo. Ella estaba reclinada contra una columna, en actitud reflexiva.

—Sí, eres hermosa. Gracias —dijo el hombre, y extendió el papiro para retratar a la criatura.

Trabajó por horas bajo la luz de la antorcha. Sus pinceles captaron todos los detalles: la piel de reptil, las alas doradas... y las serpientes que se agitaban sobre el rostro delicado, en magnífico contraste.

La criatura estaba embarazada, y acariciaba su vientre con extraña ternura, preguntándose quizás qué daría a luz cuando llegara el momento. El artista no dejó pasar el gesto, que le pareció tan bello como el resto de aquel ser.

—Ya he terminado —dijo el pintor—. ¿Quieres verlo?

La criatura se acercó a él y contempló la pintura por encima de su hombro. La opinión del artista se reflejaba en las líneas, haciendo que lo grotesco se tornara casi agradable.

Permanecieron así unos instantes. Luego la criatura tapó los ojos del pintor y lo hizo girar hacia ella.

El hombre sintió que los labios de la criatura se posaban sobre los suyos y devolvió el beso sin titubear. Ella se retiró, y recién entonces el pintor abrió los ojos.

—Gracias. Adiós, hermosa mía —dijo él, y se marchó del templo esquivando docenas de estatuas humanas que no eran tales.

El artista conservó la pintura hasta el día de su muerte. Sin embargo, sus herederos la quemaron en una hoguera, porque nadie más que su autor podía mirar el retrato de Medusa sin convertirse en piedra.

Gissel Escudero

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