22 de junio de 2010

Los dioses

Los monos chillaban como pájaros en lo alto, sacudiendo las copas de los árboles al saltar de una rama a la otra. Abajo la atmósfera era insoportablemente húmeda y calurosa, pero eso poco le importó a Xavier mientras seguía al indígena de camino a su aldea. Estaba emocionado. Después de meses de ganarse la confianza de aquellos salvajes, por fin le mostrarían aquello que constituía el centro de su cultura y su sociedad. Le enseñarían a sus dioses. Las deidades que, según los indígenas, habían tomado cuerpo en seres de carne y hueso para gobernar a la tribu.

Xavier había visto grabados muy antiguos en la piedra representando a esos dioses. Eran criaturas grotescas, vagamente humanoides, de cuerpo ancho y bulboso. Según los indígenas, tenían piel de serpiente y se alimentaban de sangre y leche. Era interesante, pensó Xavier, la manera en que se desarrollaban la culturas cuando el aislamiento era completo, sin influencias de ninguna clase. Aquellas tribus perdidas en la selva nunca habían tenido contacto con la civilización hasta ahora; sus costumbres eran puras, extrañas, únicas.

Habían llegado a la aldea. La tribu vivía en pequeñas tiendas hechas de cuero y ramas, que trasladaban de un lado a otro cuando se agotaban los recursos de una región. La tienda de los dioses estaba en el centro, custodiada por dos hombres provistos de lanzas. Ambos tenían marcas en el rostro, tatuajes en relieve con forma de garras animales; los hombres eran, por lo tanto, guerreros del más alto rango.

El guía le indicó a Xavier que hiciera un gesto frente a los guardias, una señal de respeto y buena voluntad. El explorador obedeció, extendiendo además los brazos para demostrar que no llevaba armas. Vestía solamente unos calzones y unas sandalias de piel, y se había bronceado deliberadamente para que el contraste con los indígenas no fuera tan marcado; sin embargo, los guerreros quedaron sorprendidos por su mayor estatura y su barba, puesto que ellos no medían más de un metro cincuenta y carecían de vello corporal. Alrededor de la tienda, los demás integrantes de la tribu contemplaron al extranjero con infinita curiosidad.

El guía le ordenó a Xavier que esperara, luego entró a la tienda y salió acompañado de otro hombre, el chamán de la tribu. Éste miró a Xavier con una expresión que al hombre le produjo escalofríos: algo no estaba bien ahí. Su guía le había dicho unos días antes que el chamán no permitía que las personas vieran a los dioses muy a menudo porque eran sagrados, y el anciano sólo había autorizado la visita después de que Xavier ofreciera comida y otros bienes. Pero había algo más que suspicacia en la mirada del chamán, quizás un secreto que no debía ser revelado.

Pese a todo, el viejo movió un brazo y tanto Xavier como su guía lo siguieron al interior de la tienda.

Entonces Xavier vio a los dioses.

Eran como los grabados en la piedra, dos seres deformes y de piel gris y escamosa. Estaban echados sobre una cama de hojas secas, desnudos, profiriendo unos sonidos ininteligibles; sus ojos apenas se distinguían entre los pliegues de la cara, y la lengua de uno de ellos asomaba por la boca, dejando caer un hilo de baba.

Xavier hizo una mueca. No pudo evitarlo. Aquellos dioses eran sólo niños de unos nueve o diez años, aquejados por alguna enfermedad degenerativa. Las creencias de su propia tribu los habían condenado a vivir así, cuando quizás otra población salvaje habría tenido un poco más de piedad hacia ellos y terminado su patética existencia.

Xavier miró entonces al chamán y descubrió su horrible secreto: él lo sabía. Quizás no supiera el nombre del padecimiento, pero sí que aquellos seres no eran dioses, sino niños enfermos. Probablemente les había mentido a los suyos por una cuestión de poder, otorgándose el privilegio de ser el intermediario entre los supuestos dioses y la tribu.

El explorador descubrió algo más: el chamán había adivinado que su secreto estaba ahora en peligro. El conocimiento brillaba en su mirada astuta, como llamas de ira que desearan quemar al intruso.

Uno de los niños balbuceó. El chamán se inclinó sobre él para escuchar y luego señaló a Xavier con el dedo, gritando algo a sus guardias. Éstos corrieron hacia Xavier apuntándole con sus lanzas.

El explorador no perdió un segundo en sacar la pistola oculta entre sus escasas ropas. Dos disparos bastaron para derribar a los guardias, y otro para matar al chamán. El guía huyó de la tienda, llamando al resto de la tribu. No quedaba mucho tiempo, pensó Xavier.

El hombre dio media vuelta y caminó hacia los pobres niños. Acabar con su sufrimiento sería un acto de misericordia, no un asesinato. Apuntó a las deformes cabezas y disparó.

Xavier abandonó la tienda. Los indígenas se abalanzaron sobre él para matarlo, pero él los disuadió derribando al que estaba más cerca de él. Ellos no sabían que no tenía balas para todos, de modo que retrocedieron, chillando de horror. Xavier empezó a correr. Sus compañeros lo esperaban a cierta distancia de la aldea, y también tenían armas de fuego. Pronto estaría a salvo entre los suyos.

Si había un dios de verdad en alguna parte, ojalá lo perdonara por lo que acababa de hacer.

Gissel Escudero

11 de junio de 2010

La belleza está en el ojo del observador

No había luz en el interior del templo abandonado. En algún lugar se colaban las olas del mar, golpeando las rocas y las columnas y dando al ambiente un olor a sal.

El templo también olía a peligro. Sin embargo, el pintor se adentró en él, aferrando un papiro y sus pinceles en una mano y una antorcha en la otra. El cuerpo le temblaba, pero no de miedo, sino de emoción, y su corazón latía como el de un hombre enamorado.

No estaba solo. Podía escuchar el sonido de las escamas rozando la piedra. Ella sabía que el pintor estaba ahí y lo vigilaba, preparándose para atacar. Pronto se arrojaría sobre él.

Poniéndose de espaldas y de rodillas, el pintor cerró los ojos, depositó en el suelo todo menos la antorcha, y alzó las manos para demostrar que no llevaba armas consigo. El sonido de las escamas estaba muy cerca ahora, casi frente a él.

—Vengo en paz —dijo el pintor. Le respondió un siseo cargado de ira. —Sólo quiero retratarte. Yo... creo que eres hermosa.

La criatura se detuvo. Probablemente no había escuchado esas últimas palabras en mucho tiempo, y debían haberla sorprendido.

—Aún no te he visto —siguió el pintor—, pero si me dejas mirarte no cambiaré de idea. Sé cómo eres. Y aun así pienso que en ninguna parte encontraré una criatura más bella que tú. Te llaman monstruo. Están equivocados. ¿Puedo abrir mis ojos? Quiero capturar tu imagen para admirarte por siempre.

No hubo respuesta, pero tampoco pareció que la criatura siguiera enfadada.

El pintor se atrevió a mirar, usando un espejo. Ella estaba reclinada contra una columna, en actitud reflexiva.

—Sí, eres hermosa. Gracias —dijo el hombre, y extendió el papiro para retratar a la criatura.

Trabajó por horas bajo la luz de la antorcha. Sus pinceles captaron todos los detalles: la piel de reptil, las alas doradas... y las serpientes que se agitaban sobre el rostro delicado, en magnífico contraste.

La criatura estaba embarazada, y acariciaba su vientre con extraña ternura, preguntándose quizás qué daría a luz cuando llegara el momento. El artista no dejó pasar el gesto, que le pareció tan bello como el resto de aquel ser.

—Ya he terminado —dijo el pintor—. ¿Quieres verlo?

La criatura se acercó a él y contempló la pintura por encima de su hombro. La opinión del artista se reflejaba en las líneas, haciendo que lo grotesco se tornara casi agradable.

Permanecieron así unos instantes. Luego la criatura tapó los ojos del pintor y lo hizo girar hacia ella.

El hombre sintió que los labios de la criatura se posaban sobre los suyos y devolvió el beso sin titubear. Ella se retiró, y recién entonces el pintor abrió los ojos.

—Gracias. Adiós, hermosa mía —dijo él, y se marchó del templo esquivando docenas de estatuas humanas que no eran tales.

El artista conservó la pintura hasta el día de su muerte. Sin embargo, sus herederos la quemaron en una hoguera, porque nadie más que su autor podía mirar el retrato de Medusa sin convertirse en piedra.

Gissel Escudero