18 de mayo de 2010

La maldición de la faraona

A pesar de que su reinado fue breve, y por lo tanto pocos registros quedaron en la historia, igual circula una extraña legenda acerca de aquel joven faraón.

Se dice que una noche salió a cabalgar por las arenas del desierto. Vio entonces dos puntos luminosos, verdes como esmeraldas, y se acercó a ellos preguntándose qué serían. El caballo se encabritó por un momento, pero el faraón logró controlarlo y desmontó, aún sin discernir qué eran aquellos puntos luminosos.

Una mujer apareció ante él. Eran sus ojos los que brillaban en la oscuridad, revelando un rostro hermoso y una larga cabellera de color miel. Hipnotizado por su belleza, el faraón se inclinó ante ella y le besó los pies, jurándole devoción eterna.

El faraón tomó por esposa a aquella sacerdotisa de la diosa Bast. No tuvieron hijos pero su amor fue intenso, y cuando el faraón murió a causa de una peste, ella ordenó la construcción de una tumba de oro, donde depositó unos objetos sagrados que habrían de proteger el cuerpo del difunto. Después de eso, la sacerdotisa desapareció en el desierto y nunca más se supo de ella.

*****

—Ya falta poco —le dio el saqueador a su compañero, mientras ambos se arrastraban por el túnel. No había huellas en el polvo, y las telarañas eran antiguas; ellos serían los primeros en entrar a aquella tumba perdida bajo las dunas.

Por fin llegaron a la cámara funeraria. Allí encendieron una antorcha, y la luz les mostró un tesoro: las paredes y el sarcófago estaban cubiertos de oro.

—Magnífico —dijo el segundo saqueador.

El hombre miró en derredor, y entonces notó las inscripciones en el metal. Sus dedos recorrieron un símbolo que se repetía más que otros: un ojo de pupila vertical.

—¿Qué crees que signifiquen estos grabados?

—No me importa. Ayúdame a levantar la tapa.

Ambos saqueadores abrieron el sarcófago, descubriendo una máscara funeraria también de oro, con incrustaciones de piedras preciosas. Los hombres se miraron con sendas expresiones de codicia.

—Mira —dijo el segundo saqueador, señalando los rincones—. ¿Qué serán?

—No lo sé. Ve a ver.

El hombre examinó los objetos que habían llamado su atención, y después hizo un gesto de desagrado.

—Son momias. Momias de animales.

—Déjalas ahí. Nos llevaremos el oro.

Los saqueadores comenzaron a arrancar las láminas de las paredes, y de pronto la antorcha se apagó, y por toda la estancia se escucharon susurros.

—¿Qué fue eso? ¡Hay alguien más aquí!

—No seas tonto. Deben ser ratas.

Los susurros se convirtieron en siseos, y luego los saqueadores gritaron.

*****

Fragmento de la carta de Thomas Ferrell, arqueólogo, a su colega en Londres:

"Y esto fue lo que vimos cuando llegamos a la cámara funeraria: había dos cuerpos humanos en el suelo, casi desprovistos de carne. Sus ropas eran contemporáneas. Las paredes estaban tapizadas de oro, y en el suelo, alineadas como centinelas, había unas veinte momias felinas.

"El sarcófago estaba abierto, y sobre la máscara funeraria había una gata dorada, de carne y hueso, que siseó al vernos. Sus ojos verdes reflejaron la luz de nuestras lámparas.

"Hamadi, nuestro guía, retrocedió y nos dijo que debíamos salir de ahí cuanto antes, porque la tumba estaba protegida por los dioses. Estuve a punto de decirle que sólo eran supersticiones, pero cuando miré de nuevo a la gata, juro que me recorrió un escalofrío.

"Salimos al desierto, y entonces, ante nuestros ojos, la arena volvió a cubrir la tumba que tanto nos costó desenterrar. Pronto no hubo ni un solo rastro de ella."

Gissel Escudero