23 de abril de 2010

La canción más triste del mar

Hacía mucho tiempo que la criatura cantaba sin que nadie le respondiera, a pesar de que su voz viajaba muy lejos en las aguas. Cantaba y nadaba entre las olas, encontrando otros seres por el camino, pero nunca uno de su especie. Peces plateados, amistosos delfines que reían al dar volteretas en el aire, medusas transparentes con tentáculos de gasa; ninguno hablaba su idioma.

¿Dónde estaban los suyos? Los había perdido de vista años atrás, y aunque no recordaba bien las circunstancias, un oscuro dolor anidaba en su mente desde aquel entonces, como la sombra de una pesadilla que se le hubiera adherido a la piel.

El océano era demasiado grande para recorrerlo sin compañía. Necesitaba una voz, una sola era bastante, para cantar en armonía bajo la superficie, entre los rayos del sol que temblaban con la marea.

Entonces la escuchó: la canción de otro ser igual a él, un alma gemela en la eternidad. La criatura nadó en busca de su congénere, sintiendo una felicidad que había creído olvidada para siempre. Los demás habitantes del océano se apartaron para dejarlo pasar, mirándolo con curiosidad.

La canción lejana se transformó en un grito de dolor. La criatura volvió a sentir la pena de antaño, recordando por fin el motivo de su soledad, y se apresuró para auxiliar al otro ser de su especie antes de que fuera demasiado tarde.

Pero ya no quedaba nada cuando llegó al lugar exacto. Sólo el sabor de la sangre disuelta en el agua, y a lo lejos, perdiéndose en el horizonte, la sombra de un barco que volvía a la costa con su fúnebre carga.

La criatura lloró, y aunque sus lamentos alcanzaron los abismos más profundos del mar, nadie entendió el mensaje.

Poco a poco, la última ballena azul dejó de nadar y se hundió en la oscuridad.

Gissel Escudero