1 de marzo de 2010

Casa de muñecas

Las muñecas estaban por todos lados, cada una en su propia caja de cristal. Ésta tenía un vestido de princesa, aquélla una bata blanca, la de más allá un trajecito brillante con alas de mariposa. Excepto por sus atuendos y peinados, eran casi iguales.

Hacía horas que recorrían la casa. Su dueña se detenía frente a cada muñeca para explicar dónde la había conseguido y por qué era especial. Hablaba de ellas con el cariño de una madre, lo cual no dejaba de ser un poco escalofriante.

Lucinda sentía que las muñecas la miraban, clavando en ella sus ojos falsos y sonriéndole con sus bocas pintadas. Eran como abejitas que la picaban por todo el cuerpo.

"No eres como nosotras", parecía decirle la que estaba junto a la ventana, con un tutú rosa y zapatillas de ballet.

"Es verdad. Sólo mírate: qué patética", creyó escuchar a la que vestía como princesa. "Con esas piernas cortas y el pecho plano."

"Y tus cabellos, qué horribles", añadió la que imitaba a Rapunzel. "Ese color no es atractivo."

"Y seguro tendrás que operarte la nariz", opinó la muñeca con bata y estetoscopio. "Es decir, mira a tu madre, con ese apéndice de loro tan poco elegante. Seguro que lo has heredado. Empieza a decirle que ahorre dinero para la operación, niña."

"Mi mamá es bonita y dice que yo también lo soy", quiso responder Lucinda, pero no le salieron las palabras. Sin embargo, ellas escucharon sus pensamientos y profirieron exclamaciones de desprecio.

Pasaron a otra sala. Allí había muñecas en bikini, muñecas con atuendos tropicales, muñecas dispuestas en escenas de playa, con sombrillas de colores y vasos diminutos de refresco.

"¡Uy, qué niña tan gorda!", opinaron al ver a Lucinda, y se rieron a carcajadas.

"¡Parece una ballena!", dijo una de ellas.

"¡O una morsa!"

"Niña, tienes que ponerte a dieta ya mismo. Dile a tu madre que ponga más lechuga en tu plato, o tendrán que hacerte una lipo cuando cumplas catorce años."

Lucinda trató de protestar, de decir que ella sólo tenía nueve años y que necesitaba comer bien para crecer, pero las muñecas la hicieron sentir tan culpable que se mantuvo callada y apretó la barriga. ¿Cuánto faltaba para terminar el recorrido? Empezaba a faltarle el aire.

Pero no, aún quedaba una última sala, y las muñecas no habían terminado de criticarla.

"¡Qué asco de dientes, tan desparejos! Mira mi sonrisa perfecta. ¿Cuándo van a hacerte una ortodoncia?"

"¿Y cuándo vas a aprender a caminar con tacones?"

"¿Y a caminar derecha?"

Hubo un breve silencio. Lucinda pensó que las muñecas habían decidido dejarla en paz, pero entonces cantaron a coro:

"Somos más hermosas que tú. Somos la perfección, y tú no puedes compararte con nosotras. Jamás serás como nosotras. ¡Eres fea, fea, fea...!"

Vencida, Lucinda se tapó los oídos y empezó a llorar, deseando que se la tragara la tierra.

—Lucinda, ¿qué te pasa? —le preguntó su madre.

—Mamá, quiero irme de aquí.

—Pero la señora nos ha invitado a merendar...

Por favor. Vámonos.

—Está bien, dame un minuto.

La madre de Lucinda se disculpó con la dueña de casa. Ya en el auto, le preguntó a su hija:

—Luci, ¿qué sucede? Ya estás grande para tenerle miedo a las muñecas, y además eran bonitas, no como esas muñecas de porcelana con caras tétricas.

—Sí, mamá —dijo Lucinda, pensando que su madre jamás entendería—. ¿Podemos irnos?

La mujer arrancó el auto y se alejaron de la casa, dejando por fin atrás la enorme colección de muñecas Barbie.

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Estas Barbies si que son malas. Hacer llorar a una niña no tiene perdón.

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    1. No, no lo tiene. Estúpidas Barbies... :-D Un abrazo.

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