22 de marzo de 2010

El candelabro

La mujer vestida de negro lloraba en brazos del rabino, quien la abrazaba como a una hermana. Habían estado así un buen rato, pero el dolor que ella llevaba en el pecho era demasiado grande para salir con las lágrimas.

—Yo también lloré por tu hija, Ester —dijo el hombre—. No sabes cuánto lo lamento.

La mujer se apretó un poco más contra él. Estaba helada, a pesar de que la noche era cálida.

—Ellos la dejaron ahí para que muriera —gimió ella—. La violaron una y otra vez, y luego la dejaron en el bosque, sola y desnuda, sangrando hasta que murió. ¿Por qué le hicieron eso? ¿Cómo pudieron torturarla así? Mi hija debe haber suplicado, pero ellos no tuvieron piedad.

—Yahvé los castigará, Ester. Ningún pecado escapa de su brazo justiciero. Ven, reza conmigo. Rezaremos para que tu hija encuentre la paz, y para que sus asesinos reciban lo que merecen por su terrible pecado.

—No.

La mujer se resistió, y levantó la cara para mirar al rabino a los ojos. Había fuego en ellos, la pasión de una madre en busca de justicia.

—No puedo esperar a que Yahvé los castigue —dijo Ester—. Los asesinos de mi hija siguen ahí afuera, y estoy segura de que viven en este mismo pueblo. ¿A cuántas jóvenes más violarán hasta que por fin les llegue su castigo? ¿Cuántas otras madres sufrirán lo que yo estoy sufriendo ahora? Yo sé que ellos se ríen por lo que hicieron. La vida de mi niña no valía nada para ellos, se divirtieron con ella hasta matarla. Tal vez ni siquiera recuerden su nombre ahora. Pero yo sí lo recuerdo. Yo sí recuerdo a mi Raquelita. Ella sólo tenía quince años.

El rabino guardó silencio unos minutos. Mil pensamientos cruzaron su rostro, y todos ellos reflejaban el dolor de la pobre madre que tenía frente a él. Finalmente su mirada se volvió sombría, como si acabara de tomar una decisión por la que más tarde tuviera que pagar con su propia sangre. El hombre dijo:

—Sígueme, Ester. Tu hija será vengada. Sígueme.

El hombre abrió un armario y sacó de él un candelabro de oro muy antiguo. Las siete velas también eran antiguas, y no quedaba mucho de ellas. El rabino las encendió todas, murmurando una plegaria. Luego se volteó para decirle a la mujer:

—Ahora apágalas, Ester, mientras piensas en lo que esos criminales le hicieron a Raquel. Piensa en cuánto la amabas. Piensa en cuánto la hicieron sufrir esos desgraciados. Piensa en eso y apaga las siete velas. Los culpables serán hallados, y te prometo que yo mismo me encargaré de que reciban su merecido.

Ester tomó aire y apagó las velas. Siete hilos de humo se elevaron hasta el techo, y poco después alguien entró por la puerta principal. Era el hijo del rabino.

—Ya encerré a los caballos en el establo —dijo el muchacho, pero su padre no respondió. Tanto él como Ester miraban al joven, quien tenía una extraña marca en su frente.

La cara del rabino palideció, y de sus labios brotó un gemido.

—Vete, Ester —balbuceó el hombre.

—La promesa...

—No romperé mi promesa. Vete.

La mujer se apresuró a salir de la casa, pero antes de cruzar el umbral se dio vuelta para mirar al rabino, quien había agarrado el pesado candelabro como si fuera una espada.

Ester cerró la puerta tras ella y se perdió en la noche, atesorando en su corazón los gritos que llegaron a sus oídos.

Gissel Escudero

1 de marzo de 2010

Casa de muñecas

Las muñecas estaban por todos lados, cada una en su propia caja de cristal. Ésta tenía un vestido de princesa, aquélla una bata blanca, la de más allá un trajecito brillante con alas de mariposa. Excepto por sus atuendos y peinados, eran casi iguales.

Hacía horas que recorrían la casa. Su dueña se detenía frente a cada muñeca para explicar dónde la había conseguido y por qué era especial. Hablaba de ellas con el cariño de una madre, lo cual no dejaba de ser un poco escalofriante.

Lucinda sentía que las muñecas la miraban, clavando en ella sus ojos falsos y sonriéndole con sus bocas pintadas. Eran como abejitas que la picaban por todo el cuerpo.

"No eres como nosotras", parecía decirle la que estaba junto a la ventana, con un tutú rosa y zapatillas de ballet.

"Es verdad. Sólo mírate: qué patética", creyó escuchar a la que vestía como princesa. "Con esas piernas cortas y el pecho plano."

"Y tus cabellos, qué horribles", añadió la que imitaba a Rapunzel. "Ese color no es atractivo."

"Y seguro tendrás que operarte la nariz", opinó la muñeca con bata y estetoscopio. "Es decir, mira a tu madre, con ese apéndice de loro tan poco elegante. Seguro que lo has heredado. Empieza a decirle que ahorre dinero para la operación, niña."

"Mi mamá es bonita y dice que yo también lo soy", quiso responder Lucinda, pero no le salieron las palabras. Sin embargo, ellas escucharon sus pensamientos y profirieron exclamaciones de desprecio.

Pasaron a otra sala. Allí había muñecas en bikini, muñecas con atuendos tropicales, muñecas dispuestas en escenas de playa, con sombrillas de colores y vasos diminutos de refresco.

"¡Uy, qué niña tan gorda!", opinaron al ver a Lucinda, y se rieron a carcajadas.

"¡Parece una ballena!", dijo una de ellas.

"¡O una morsa!"

"Niña, tienes que ponerte a dieta ya mismo. Dile a tu madre que ponga más lechuga en tu plato, o tendrán que hacerte una lipo cuando cumplas catorce años."

Lucinda trató de protestar, de decir que ella sólo tenía nueve años y que necesitaba comer bien para crecer, pero las muñecas la hicieron sentir tan culpable que se mantuvo callada y apretó la barriga. ¿Cuánto faltaba para terminar el recorrido? Empezaba a faltarle el aire.

Pero no, aún quedaba una última sala, y las muñecas no habían terminado de criticarla.

"¡Qué asco de dientes, tan desparejos! Mira mi sonrisa perfecta. ¿Cuándo van a hacerte una ortodoncia?"

"¿Y cuándo vas a aprender a caminar con tacones?"

"¿Y a caminar derecha?"

Hubo un breve silencio. Lucinda pensó que las muñecas habían decidido dejarla en paz, pero entonces cantaron a coro:

"Somos más hermosas que tú. Somos la perfección, y tú no puedes compararte con nosotras. Jamás serás como nosotras. ¡Eres fea, fea, fea...!"

Vencida, Lucinda se tapó los oídos y empezó a llorar, deseando que se la tragara la tierra.

—Lucinda, ¿qué te pasa? —le preguntó su madre.

—Mamá, quiero irme de aquí.

—Pero la señora nos ha invitado a merendar...

Por favor. Vámonos.

—Está bien, dame un minuto.

La madre de Lucinda se disculpó con la dueña de casa. Ya en el auto, le preguntó a su hija:

—Luci, ¿qué sucede? Ya estás grande para tenerle miedo a las muñecas, y además eran bonitas, no como esas muñecas de porcelana con caras tétricas.

—Sí, mamá —dijo Lucinda, pensando que su madre jamás entendería—. ¿Podemos irnos?

La mujer arrancó el auto y se alejaron de la casa, dejando por fin atrás la enorme colección de muñecas Barbie.

Gissel Escudero