8 de febrero de 2010

La última batalla

Después de meses de lucha contra los conquistadores, ya sólo una batalla separaba a la tribu de la aniquilación. No había tregua posible: eran ellos o los otros en una pelea a muerte por el territorio.

Estaban al borde de un bosque, donde los árboles eran oscuros y su follaje tan denso que la luz no lo atravesaba. El suelo estaba cubierto de hojas muertas, con olor a putrefacción.

Había marcas extrañas en algunos troncos. El jefe de la tribu las examinó en silencio... y luego sonrió. Ése era el lugar, dijo a sus guerreros. El lugar sobre el que le había hablado su anciano padre. Ya no había nada que temer, añadió; los conquistadores eran poderosos, y sus trajes brillantes los protegían de las flechas, pero serían derrotados.

Entonces ordenó a sus guerreros que se desnudaran, y que dejaran sus armas antes de entrar al bosque.

Los guerreros dudaron. Conocían la vieja leyenda, pero no la creían. Sin embargo, su líder era inteligente, y decidieron confiar en él. De cualquier manera, si la leyenda no era cierta, luchar tampoco serviría de nada, porque las armas de los invasores eran mejores que las de ellos.

El jefe de la tribu también ordenó a sus guerreros que se mancharan de tierra. Ellos obedecieron.

Los conquistadores aparecieron al atardecer, con sus armas y escudos en alto, montando sus prodigiosas bestias. Los guerreros de la tribu se dejaron ver brevemente, y luego, siguiendo siempre las instrucciones de su jefe, corrieron al bosque como si huyeran de sus enemigos.

Pronto estuvieron todos bajo los árboles. Los guerreros de la tribu se ocultaron, ayudados por su camuflaje, y esperaron, murmurando plegarias a sus dioses.

Mientras los conquistadores buscaban, algo empezó a suceder. El bosque dio señales de vida. Susurros de pelaje contra las ramas, suaves gruñidos hambrientos, alas batiendo en lo alto. Las criaturas pasaron muy cerca de los guerreros escondidos, deteniéndose para examinarlos un momento en busca de posibles amenazas, y después siguieron de largo, hacia los otros humanos.

Luego empezó el ataque. Los conquistadores aún llevaban sus armaduras, pero nada pudieron hacer contra aquellos seres que se lanzaron sobre ellos desde todas partes. Eran demasiados, y armados con garras, dientes, cuernos, picos y venenos. El bosque se llenó de gritos, pero éstos pronto se detuvieron, y entonces sólo quedó el sonido de la carne siendo arrancada a trozos en un macabro festín.

Finalmente, los habitantes del bosque se retiraron.

Después de un largo rato en silencio, los guerreros salieron de sus escondites. Poco quedaba de los conquistadores: sólo sus huesos y armaduras. Pero aquí y allá había cuerpos sin devorar: osos, ciervos, pájaros, zorros, serpientes, arañas. Otros guerreros caídos en la batalla.

La leyenda, entonces, era cierta: aquél era el Bosque de los Animales, donde los humanos sólo podían entrar si iban en paz.

Los guerreros de la tribu miraron a su líder, quien hizo un gesto con la cabeza y los guió fuera del bosque. Ya podían volver a casa, dijo, pero no debían olvidar agradecerle a su anciano padre por conservar la sabiduría de sus ancestros, pues ese día los había salvado de la extinción.

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Genial, se me hace corta incluso. ¿No has pensado en extenderlo más para que este sea su final? Muy chulo!!!

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    1. ¡Gracias! Y no, no he pensado en extender la historia. A veces menos es más. Pero por ahí está mi novela HISTORIAS DEL DESIERTO que tiene 131.000 palabras y bastantes monstruos para elegir :-D

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