17 de febrero de 2010

La muerte de Martha Rosenthal

Mire, señor policía, yo le juro que así pasaron las cosas: fue el señor William el que mató a la pobre señora Rosenthal. ¡Lo vi con mis propios ojos! Hace días que ella lo venía acusando de robarle las joyas, de que tenía la llave de su cuarto y que la abría a escondidas para robarle; y él todo el tiempo decía que no, mamá, yo no he tocado tus cosas, pero ella le contestaba que él era un mentiroso. Yo estaba en la cocina cuando empezaron los gritos. "¡Por fin te tengo, ladrón!", gritó ella, y entonces se oyó el disparo. Era el revólver del difunto señor Rosenthal, ¿sabe usted?, y ella había aprendido a usarlo para defenderse. Bueno, después del primer tiro escuché que el señor William gritaba: "¡No, mamá, no!", y yo corrí al vestíbulo a ver qué pasaba. Antes de llegar escuché otro disparo, y luego el "¡bomp-bomp-bomp!" que hizo la señora cuando cayó por las escaleras. ¡Dios mío, qué espantoso! Entonces llegué al vestíbulo y lo vi: al señor William, inclinado sobre su madre muerta y con el broche de oro en la mano. Entonces salí corriendo para llamar a la ambulancia, aunque ya no había nada que hacer. ¡Pobre, pobre señora Rosenthal...!

*****

Por favor, oficial, ya se lo he dicho mil veces: yo no la maté. ¡Era mi madre! Ella... yo no quería que se supiera, pero estaba senil. Traté de llevarla al doctor para que la ayudara, pero ella siempre insistía con que los doctores dejaron morir a mi padre. Nunca les tuvo confianza. Pero estaba empeorando. Veía cosas, y últimamente no dejaba de repetir que yo le estaba robando sus joyas. Pero ¿cómo iba a hacerlo, si ella cerraba su dormitorio con llave? Y yo no tengo una copia, revíseme. Esta mañana... esta mañana la oí gritar y corrí a su dormitorio. Tenía el revólver en la mano, y disparó al aire. Estaba como loca, en camisón y con los pelos de punta. Cuando abrí la puerta salió de la habitación, gritando y sin soltar el revólver. Traté de impedir que llegara a las escaleras. No lo logré. Mi madre... tropezó y cayó. Apenas la toqué supe que estaba muerta. Luego vi el broche y lo levanté del piso. Por favor, sé que todas las evidencias apuntan en mi contra, pero yo no la maté. Yo no la maté...

*****

Mientras dos policías arrastraban a William Rosenthal hacia la patrulla, el ladrón los contempló desde la reja. Uno de los oficiales le echó una mirada suspicaz, pero él la sostuvo con sus negros ojos, sin parpadear, y el hombre siguió de largo. Él nunca sentía culpa por nada, y lo de esa mañana no representaba más que un pequeño inconveniente. Simplemente buscaría otro sitio donde robar...

Había entrado por cuarta vez a la mansión a través de la ventana, a pesar de que ésta se hallaba en un tercer piso. Ningún lugar era inaccesible para él, salvo las cajas fuertes. Ya en el interior se apoderó de lo primero que encontró, y estaba a punto de escapar por donde había llegado cuando la anciana chillona hizo acto de presencia. ¡Menudo lío! La sorpresa fue tal que en lugar de salir por la ventana huyó por la puerta a toda velocidad. La anciana, sin embargo, lo siguió, y poco antes de caer le disparó una bala que casi lo liquida. No sufrió daño alguno, pero el susto le hizo perder el botín. Por fortuna, y antes de que lo detectaran, había escapado por otra ventana.

Ahora, mientras veía la escena ante sí, comprendió que el hombre de la casa estaba en líos. Él, el ladrón, era el único que sabía la verdad, pero... ¿quién iba a tomarse la molestia de interrogarlo?

Era hora de volver a casa. Así pues, levantó vuelo y se reunió con los demás cuervos de camino a la Torre de Londres.

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! Malvado bicharraco!
    Tienes razón, nadie se molestará jamás en interrogarle...

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    1. No, pobre cuervito, si sólo hace lo que hace por culpa de su naturaleza... :-D (Les tomé cariño a los cuervos en un viaje que hice a los EUA. Atrapaban patatas fritas en el aire que daba gusto.)

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