31 de enero de 2010

Demetrio y yo

A los escritores siempre nos preguntan de dónde sacamos las ideas para nuestras historias. Algunos se inspiran en lo que ven a diario, otros se inspiran en la mitología, y unos pocos elegidos tienen musas.

A mí no me gustan las musas, pero sí tengo un gnomo. Se llama Demetrio.

Sin embargo, no sé de dónde salió. Su nombre no aparece en la guía, así que no lo llamé por teléfono. Tampoco se lo pedí prestado a nadie. De hecho, ni siquiera sabía que existía hasta que apareció un día en mi casa.

Yo tenía dieciocho años por ese entonces (prefiero no decir mi edad actual), y estaba aprendiendo mecanografía. Aún no tenía computadora, así que aprendí con una vieja máquina de escribir, copiando textos para aprenderme la posición de cada tecla sin tener que mirar. Después de un tiempo empecé a escribir cuentos, porque era más divertido inventar historias que copiarlas.

Entonces noté algo raro: cada vez que oprimía la E, salía un gritito de la máquina. "¡Ay!" Y como la E es una de las letras más usadas, a medida que escribía más y más rápido, la máquina dejaba escuchar un concierto de grititos. "¡Ay, ay-ay, ay, ay-ay-ay, ay!"

No podía seguir trabajando así, era demasiado molesto, de modo que levanté la máquina, la di vuelta y la sacudí sobre el escritorio. Y ahí cayó el gnomo. Tenía un montón de chichones en la coronilla, el pobre, entre sus pocos pelos verdes. Su piel era marrón, así que en general parecía una patata con pasto en la cabeza, y vestía un trajecito hecho con hojas de un libro.

—¿Qué carajo eres tú? —le pregunté.

El gnomo, frotándose la cabeza, contestó:

—Me llamo Demetrio, y soy un gnomo literario. ¿Quién crees que te ha estado inspirando esas historias?

—No sé —respondí—, creí que salían de mi cabeza. Ya sabes, por el trabajo de las sinapsis neuronales.

—¿Sinopsis neumorales?

Sinapsis neuronales —corregí yo, y el gnomo me gruñó. (Mucha gente detesta que la corrijan, supongo que los gnomos no son la excepción.)

—Da igual, soy un gnomo literario. Se supone que estoy aquí para convertirte en escritora.

—¿¿Qué?? ¡Pero casi nadie gana dinero escribiendo! ¿Cómo voy a pagar las cuentas?

—Lo siento, así están las cosas. Desde hoy serás una escritora, y tendrás que mantenerme ocupado creando historias o me comeré a tu gato.

—Y, digo yo, ¿no podrías comerte a mi vecina, que es una bruja miserable?

Pues no, esa cláusula no era negociable. Si no escribía, me iba a quedar sin gato. Y no es que el bicho sea muy útil (sólo come, duerme y se rasca), pero igual lo quiero, así que aquí estoy, escribiendo historias.

Demetrio vive ahora en mi escritorio, entre todas las cosas que guardo ahí (papeles, lápices de colores, semillas, un cráneo de rata...). No come ni duerme, y tiene la mala costumbre de darme ideas por la noche, lo cual no le sienta nada bien a mi insomnio crónico.

Demonios. ¿No podía haberme tocado un gnomo informático? ¡Así acabaría como Bill Gates!

Bueno, ni modo. Desde ahora empezaré a compartir las historias que he venido escribiendo desde que tenía dieciocho años. Porque una vez que un gnomo literario se mete en tu vida, no hay manera de sacarlo...

Gissel Escudero