30 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 5/5)

El tren seguía circulando por aquel paisaje que cada vez se volvía más surrealista.

—El paciente estaba un poco inmóvil cuando lo dejó, ¿verdad, enfermera? Un poco frío.

El desconocido rió por lo bajo, como si acabara de contar un chiste de mal gusto.

—¿Cómo es que sabe eso? —preguntó ella.

—Sé lo que todos ustedes han estado haciendo. Por eso estamos aquí.

—Esto es una locura —dijo el policía. La niña, dado que su madre seguía inconsciente, se había pegado a él en busca de protección.

—No, no es una locura, oficial Correa, aunque entiendo que esté confundido. Yo también lo estuve en su momento. Pero antes de las explicaciones debe venir la verdad. ¿Por que no se confiesa con nosotros, oficial? Tenemos mucho en común, aunque no lo parezca a simple vista.

El policía guardó silencio y abrazó a la niña.

—Oh, vamos, oficial no sea tímido. Además, fui yo quien le sugirió que ese asesinato parecía la obra del sospechoso que salió libre por una estúpida duda razonable. Claro que usted no se fijó en mí, porque estaba muy ocupado plantando la evidencia bajo la mesa. No se preocupe: nadie más lo vio hacerlo. Ni esta vez... ni las anteriores.

El policía tragó saliva y por fin se atrevió a decir:

—Todos sabíamos quiénes eran los culpables. Pero no había pruebas suficientes.

—¿No es odioso cuando pasa eso? Alguien tenía que arreglarlo. Alguien como usted.

—¿A qué se refiere?

El desconocido no respondió, sino que se agachó un poco para mirar a la niña a los ojos.

—¿Y qué me dices de ti, pequeña Lucía? ¿Qué fue lo que hiciste ayer? Te dije que ese perro malo que mordió a tu amiga iba a morder a otros niños, y tú te hiciste cargo. ¡Y cargaste todas esas piedras tú sola! Te felicito.

La niña escondió el rostro bajo el brazo del policía y empezó a llorar.

—Déjela en paz —le ordenó Santiago al hombre de los ojos grises. Éste se encogió de hombros.

—No es mi culpa que la verdad cause ese efecto.

—Pero usted nos dijo que hiciéramos esas cosas, ¿o no? Sin un empujón...

—Oh, vamos, contador Pereira. ¿Realmente hubiera desaprovechado la oportunidad que se le brindó? Además, tampoco fue la primera vez. Para ninguno de ustedes.

—¿Qué es lo que quiere de nosotros? —preguntó Tatiana.

—Para empezar, un poco de sinceridad. Ustedes me miran como si estuvieran escandalizados de sus propias acciones, pero yo sé que en el fondo no es así. Y lo sé porque yo tampoco tuve muchos cargos de conciencia. Dígame, enfermera, ¿cuántos pacientes fueron? ¿Tres? ¿Cuatro? Y estoy seguro de que no se arrepiente.

Tatiana cerró los ojos un instante. Creyó que brotarían lágrimas de ellos, pero no fue así. Después abrió los ojos, enderezó la espalda y dijo:

—Fueron cinco. Todos lo merecían, y no, no me arrepiento. Es más, si pudiera retroceder en el tiempo, lo volvería a hacer.

El desconocido sonrió y miró a Santiago. El contador maldijo en voz baja, pero luego chasqueó la lengua y respondió la pregunta no formulada.

—Ah, qué diablos. Sí, yo le robé a un montón de clientes. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Todos ellos eran corruptos y codiciosos. Dicen que quien roba a un ladrón... Sería idiota si me arrepintiera de eso.

—Gracias —dijo el desconocido—. Eso era lo que necesitaba.

—¿Y ahora qué? —preguntó el policía, señalando hacia afuera con el brazo libre—. ¿Es eso el infierno? ¿Estamos condenados?

—Para nada. Esto es más bien... una entrevista de empleo.

—¿Qué?

—Una entrevista de empleo. Es mi jefe quien conduce este tren. Él arregló las circunstancias que los trajeron a todos aquí esta noche. Ahora tendrán que elegir, como yo lo hice hace un tiempo.

—¿Elegir qué? —preguntó Tatiana con voz chillona.

—Pueden aceptar el empleo. Todos ustedes están calificados: sólo hace falta haber caminado por la línea entre el bien y el mal sin caer al otro lado. Cualquiera de ustedes pudo haber matado a ese drogadicto. Aunque me sorprendió que la niña reaccionara así, de veras; era posible, pero no probable. Supongo que los niños de ahora son diferentes. Esos videojuegos violentos...

—¿Y qué se supone qué haríamos?

—Algo muy parecido a lo que han venido haciendo hasta ahora. No puedo dar más detalles. No es un trabajo muy agradable, pero... hay beneficios.

—No parece una oferta muy tentadora —dijo Santiago—. ¿Por qué habríamos de aceptar?

—Porque hay cosas que no se toleran en nuestro mundo. Tarde o temprano serán descubiertos y castigados severamente. Es inevitable, si siguen como hasta ahora; y está en la naturaleza de cada uno de ustedes, así que no dejarán de hacerlo.

—¿Son las únicas alternativas?

—Básicamente, sí.

Se mantuvieron callados un rato después de eso. Tatiana apartó la vista de las ventanillas; había más cosas horribles que antes, pero lo que la asustaba era que en realidad ese extraño mundo la atraía.

El policía habló:

—¿Y si me retirara mañana mismo? ¿Evitaría así que me descubrieran? Me iría lejos, a la casa de mi hermana en el campo. Donde no hubiera... tentaciones.

—Tendría que preguntarle a mi jefe —respondió el desconocido—. Sólo él sabe esas cosas. Si me espera unos minutos...

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La niña. Ella no puede tomar una decisión así. Si yo... no sé, hablara con ella, tal vez podría cambiarla, ¿no? Los niños aprenden.

—De acuerdo, preguntaré por la niña también. Preguntaré por todos. Ya vuelvo —dijo el desconocido con un ligero tono de fastidio, y salió del vagón.

—Yo no quiero ir con ese señor —dijo Lucía—. Quiero volver a casa con mi mamá.

—Tranquila —dijo el policía, abrazándola con fuerza—. Todo saldrá bien.

—Yo no maté al perro. Sólo le tiré unas piedras para lastimarlo y que los dueños no lo dejen suelto nunca más. Y lo que le hice a Natalia... es que ella le pegaba a otros niños, y a mí me...

La chiquilla se quedó sin voz y volvió a apretar la cara contra el cuerpo del policía, mojándole el uniforme con sus lágrimas. Tatiana volvió a revisar a la madre. Sus signos vitales eran fuertes y estables, y la enfermera pensó que quizás no estuviera precisamente desmayada.

Todos dieron un salto cuando algo golpeó el techo. Luego se oyeron sonidos de uñas rascando el metal, pero lo que fuera que hubiera arriba debió perder el interés, porque los ruidos cesaron. Tatiana se persignó aunque ya no era católica; sin embargo, otra parte de ella sentía curiosidad por el ser que había rascado el techo.

El desconocido regresó al vagón y le habló al policía.

—Mi jefe dice que usted y la niña no tendrán problemas si hace las cosas tal como dijo.

—¿Y nosotros dos? —preguntó Santiago.

—Ustedes dos aún tienen que elegir. Mi jefe dice que lo que les espera no es nada bueno, y él raras veces se equivoca. El futuro sería especialmente malo para usted, contador.

—Eso no me sorprende demasiado. Sé para quiénes trabajo.

—¿Entonces qué decide? ¿Aceptará el nuevo empleo?

—¿Cómo saber que esto no es un engaño?

—Vamos, ¿siente en su corazón que sea un engaño? Un estafador debería ser capaz de reconocer una estafa.

—Mmm, eso es verdad. No, no siento que sea un engaño. De acuerdo, acepto.

Tatiana abrió mucho los ojos, como si de pronto todo el peso de la situación hubiera caído sobre ella. Para empeorar las cosas, el desconocido le dijo:

—Estamos esperando. Usted es la última, enfermera, ¿qué decide?

A Tatiana le costó abrir la boca para responder.

—Yo... no lo sé. ¿Qué es lo que haría exactamente?

—Ya lo dije, no puedo dar detalles. Es algo que requiere la frialdad de quien es capaz de hacer juicios morales y actuar en consecuencia. Pongámoslo de esta manera: ¿qué clase de persona oprime los botones de una silla eléctrica para matar a un asesino, pensando que es lo justo y sin que ello le quite el sueño?

—Pero no está bien juzgar. No está bien pretender ser Dios.

—Ah, pero usted ya no cree en Dios, ¿verdad? Por eso hace lo que hace.

—Aún creo —respondió Tatiana—. Pero el día que maté a ese primer paciente le di la espalda a Dios. Tampoco me arrepiento de eso. Que Él me juzgue cuando llegue la hora.

El desconocido sonrió y dijo:

—Ahora comprendo por qué mi jefe tenía un interés especial en usted, enfermera. Es un caso bastante raro, ¿sabe? ¿Acepta unirse a nosotros?

Tatiana retuvo el aire unos segundos y luego lo dejó ir. Su respuesta salió como un suspiro.

—Sí.

—¡Perfecto! Entonces ya podemos volver a la estación.

El hombre sacó su móvil y marcó un número.

—Se acabó —dijo al aparato.

Eventualmente el paisaje volvió a la normalidad. Llegaron a la estación sin más contratiempos, y el tren disminuyó la velocidad hasta detenerse. El policía tomó en sus brazos a la madre de la niña.

—Ella despertará en unos minutos, una vez que el tren se ponga en marcha de nuevo —aseguró el desconocido. El policía asintió y le dijo a Lucía:

—¿Puedes cargar la cartera de tu mamá y ese bolso?

La niña obedeció. El bolso debía pesarle, pero ella no protestó; seguramente quería irse de ahí cuanto antes. Las puertas se abrieron.

—¿Y mi amiga? —preguntó Tatiana—. Ella me está esperando.

—Ella ya no está esperando —replicó el desconocido—. Dejó de esperar en el momento que aceptaste la oferta. Puedo tutearte, ¿verdad? Después de todo, ahora somos colegas.

Tatiana no respondió. El policía bajó al andén con la mujer en brazos, seguido de cerca por la niña. Sólo se volvió un instante para mirar a los tres ocupantes del vagón, pero luego volteó la cara como si quisiera olvidar que alguna vez los había conocido. Las puertas se cerraron. El tren continuó su viaje.

Mientras veía la estación desaparecer en la distancia, sustituida poco a poco por aquel paisaje que bien podía haber imaginado un pintor loco, Tatiana estiró una mano hacia Santiago, y él la tomó con la suya.

Las ruedas giraron sobre las vías de camino a... alguna parte.

Gissel Escudero

Nota: Lo sé, el final de esta historia es algo anticlimático y totalmente abierto. Puede quedar a la imaginación del lector... o puedo escribir la continuación. La idea está ahí, y me gusta. Si quieren conocer el destino de mis personajes, estaré encantada de darles el gusto. Podemos viajar juntos a donde ese tren nos lleve...

Nota añadida el 5/4/2012: La continuación ya está escrita. Pueden empezar a leerla desde aquí.

29 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 4/5)

Tatiana había viajado antes en ese tren, pero lo que veía en ese momento no se parecía mucho al paisaje que ella conocía. No había casas ni cables del tendido eléctrico; tampoco se distinguían luces artificiales de ninguna clase. Sí había árboles, pero retorcidos y sin hojas, y la tierra carecía de pasto. Sólo algunos arbustos y piedras asomaban a la superficie. De pronto pasaron junto a un animal grande y peludo que fijó en el tren sus ojos fosforescentes. Lo dejaron atrás enseguida, pero Santiago retrocedió un paso.

—¿Qué era eso? —preguntó él.

—No sé —respondió Tatiana—. Parecía un oso.

—No hay osos aquí. Es como si estuviéramos...

—Eh, ¿adónde se fue todo el mundo? —dijo el policía, y Tatiana se sobresaltó una vez más al comprobar que en el vagón había menos personas que antes. Aparte de ella, sólo quedaban Santiago, el policía, la niña y su madre inconsciente, el cadáver y aquel hombre cuyo rostro ella no lograba identificar. Miró hacia los otros vagones: estaban vacíos.

—Esto no pinta bien... —dijo Santiago.

—Oh, no se preocupen por eso —replicó el desconocido—. Estamos a salvo dentro del tren. Siempre y cuando el tren se mantenga en movimiento, por supuesto.

—¿Usted sabe dónde estamos? —preguntó el policía.

—Bueno... digamos que más o menos. Aún soy bastante nuevo en esto. Pero aprendo rápido.

—Ajá. Pues no me importa lo que usted diga —declaró Santiago con tono ofendido—, yo voy a hablar con el conductor. Enseguida vuelvo.

El contador empezó a caminar a paso veloz, y ya tenía una mano extendida hacia la puerta cuando el desconocido volvió a hablar.

—¿De dónde sacó esos veinte mil dólares que aparecieron hoy en su cuenta, contador Pereira?

Santiago se paró en seco. Dio media vuelta muy despacio, como si de repente sus articulaciones hubieran perdido flexibilidad. Se había puesto pálido.

—¿Quién... quién le dijo eso?

—Me lo contó un pajarito.

—Y una mierda. ¿Para quién trabaja? ¿Para...?

—Oh, tranquilo —replicó el desconocido, que ahora sonreía un poco—. No trabajo para ninguno de ellos, o usted estaría ahora mismo en algún callejón, con un tiro en la frente.

Tatiana supo por fin dónde había visto aquellos ojos grises.

—Yo lo recuerdo. Usted es el paramédico con el que hablé esta madrugada.

—Sí y no. Es decir, sí era yo, pero no soy paramédico. Aunque fue interesante serlo por un rato. Por cierto, ¿qué fue del último paciente que vio hoy, enfermera?

Esta vez fue Tatiana quien se puso algo pálida, y se aferró al respaldo de un asiento para no tambalearse. Fuera del tren, el cielo se había puesto verdoso, y unas criaturas enormes lo sobrevolaban. No parecían aves.

Encontró el frasco y la jeringa en una camilla abandonada en medio del corredor. Era posible que algún médico de emergencias hubiera olvidado ambas cosas en su prisa por llevar a un paciente a cuidados intensivos. Era un descuido enorme: la droga en el frasco podía resultar muy peligrosa en las manos equivocadas...

... ¿o quizás debía decir en las manos adecuadas?

Tatiana se reprendió a sí misma. Estaba pensando algo que no debía pensar. Pero su mente insistía sobre la idea, machacando y machacando en su cerebro como esas canciones pegadizas que no puedes dejar de tararear aunque no te gusten.

Un asesino de comerciantes. Y un asesino de policías, además. ¿Merecía vivir?

Tatiana opinaba que no.

No le fue difícil averiguar en qué sala estaba el delincuente; sólo tuvo que echar un vistazo a los registros. Se dirigió hacia allá, diciéndose a sí misma que lo hacía por curiosidad, nada más. Porque ella en realidad no pensaba usar el contenido de ese frasco, ¿verdad? Claro que no.

Había un policía de guardia en la puerta de la sala. Tatiana suspiró de alivio: eso quitaba la decisión de sus manos. Mejor así. El policía no la había visto, y ella se dio vuelta para regresar a su trabajo.

Otro policía pasó junto a ella sin prestarle atención, llegó hasta su colega y dijo:

—Cambio de turno. Ya puedes irte a dormir.

—Hola, Rodríguez. Qué bueno que llegaste, no aguantaba un minuto más aquí. Cuando pienso en lo que hizo ese maldito, tengo ganas de entrar y...

—Sí, te entiendo. Pero no te metas en líos por eso, no vale la pena. Míralo de este modo: tal vez alguien más se encargue de él. Karma.

Tatiana se ocultó en otra puerta, su corazón latiendo con fuerza. Escuchó al primer policía levantarse de su asiento.

—En fin, buenas noches —dijo el hombre—. Espero que puedas venir el domingo a...

Se oyó una señal, y el segundo policía contestó:

—Aquí Rodríguez... Ajá... ¡Mierda!... Sí, estoy con Batista, vamos para allá. Corto.

—¿Qué pasa?

—Unos autos acaban de chocar en la esquina. Somos los que estamos más cerca.

—Pero no podemos dejar al...

—Está en cama con un agujero de bala, no irá a ninguna parte. ¡Vamos!

Los policías pasaron corriendo junto a Tatiana sin mirarla. Ella se dio cuenta de que ahora estaba sola en el pasillo. No debía ser así, no en el ala de cuidados intensivos, pero sus ojos no la engañaban: por alguna razón misteriosa, no había doctores o enfermeras por los alrededores. Sólo ella... más la jeringa y el frasco.

¿Qué había dicho el policía? ¿Algo sobre el karma?

Sus pies comenzaron a moverse antes de que ella les diera esa orden. Entró a la sala carente de custodia y cerró la puerta tras ella.

A pesar de su palidez, y de que estaba en una cama blanca y conectado a un tubo de suero y un monitor cardiaco, el paciente no se veía inofensivo. Del cuello de su bata asomaban tatuajes de pandillas, y aun dormido tenía una expresión intimidante. Había tenido razón el paramédico: se salvaría. La mala hierba nunca muere. Pasaría unos cuantos años en la cárcel, probablemente menos de los que merecía, y luego saldría de ahí para seguir haciendo de las suyas, o sumergirse en una pobreza sin retorno. El sistema penal no se caracterizaba justamente por su capacidad de rehabilitación. Sería mucho menos complicado para todos si ella... en fin...

Tatiana retrocedió hasta la puerta, todavía indecisa... y entonces vio que el monitor cardiaco no estaba funcionando. Vaya descuido. Si el paciente tenía un paro, no sonaría ninguna alarma.

Aquello era obra del destino, pensó la enfermera. ¿Y quién era ella para cuestionar los designios del universo?


(Continuará...)

Gissel Escudero

28 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 3/5)

Alguien acababa de atravesar la puerta entre vagones. Era un hombre alto y joven, de ropas descuidadas. A pesar de la capucha, Tatiana vio que sus ojos estaban enrojecidos. Supo de inmediato lo que eso significaba, e instintivamente apretó el brazo de Santiago. Él se fijó en el recién llegado y se puso tenso.

—¿Podría darme unas monedas? —le preguntó el joven a una pasajera, quien hizo un rápido gesto negativo. El joven siguió preguntando, y comenzó a subir el tono a medida que más gente lo rechazaba. Se detuvo junto a una mujer que iba con su hija de ocho o nueve años. La madre se movió un poco para cubrir a la niña.

—L-lo siento, no traigo dinero —le respondió la mujer al drogadicto.

—Sólo quiero unas monedas. ¿No tiene ni una moneda? —La voz del joven se tornó amenazadora.

—Ya te dije que no. Lo siento.

El drogadicto no se movió. Tatiana miró hacia atrás, y allí estaba el policía del andén, atento a la escena y apoyando la mano en la funda de su arma. La expresión de cansancio en sus ojos se había acentuado.

—Entonces, ¿tiene un cigarrillo? —continuó el drogadicto, siempre dirigiéndose a la mujer con su hija.

—No fumo.

La niña, asustada, estaba pegada a la pared del vagón, lo más lejos posible de aquel hombre perturbado que se inclinaba sobre su madre. El drogadicto se fijó en ella.

—¿Y tú qué miras, mocosa de mierda? ¡Deja de mirarme!

—Mami...

—Por favor, no le hables así a mi hija. Déjanos en paz —suplicó la mujer en voz baja.

—¡Y una mierda! ¡Sólo quiero unas putas monedas, y esa cría me mira como si yo fuera un gusano!

La niña empezó a llorar, y fue ahí cuando el policía, con un triste aire de resignación, se levantó de su asiento.

—Oye, la señora dijo que no tiene nada para darte, muchacho. ¿Por qué no sigues de largo? Tal vez en el siguiente vagón...

—¡Sólo quiero unas monedas! ¡No te me acerques!

—No voy a hacerte nada, tranquilo. Nada más te pido que...

La mujer trató de aprovechar la distracción para cambiar de asiento y poner a su hija a salvo, pero fue un error. El drogadicto la vio, y antes de que el policía terminara su frase, agarró a la mujer por el brazo y le puso una navaja en el cuello. Ella y la niña gritaron.

—¡Te dije que no te me acercaras! —vociferó el hombre, sus ojos más enrojecidos que nunca, y Tatiana sintió un escalofrío de terror. Fuera cual fuese la droga que aquel sujeto tenía en las venas, lo había vuelto por completo irracional. Un hilo de sangre manó del cuello de la rehén, quien gemía unas frases incomprensibles.

—Por favor, déjala ir —dijo el policía—. Nadie tiene que salir herido. Suelta esa navaja para que podamos hablar.

Si el drogadicto iba a considerar la propuesta, eso nunca se supo. A pesar del miedo, la niña empujó al hombre hacia un lado con todas sus fuerzas. Eso no bastó para derribarlo, pero sí soltó a la mujer, quien cayó al suelo.

El policía sacó su pistola y disparó.

Tatiana se quedó sorda unos segundos. El estallido retumbó por todo el vagón, y a ella le pareció un milagro que no reventaran los cristales. Llegó a pensar que el tiro había fallado, hasta que vio la mancha de sangre que empezó a crecer en el pecho del drogadicto, a la altura del corazón. El herido no dijo una palabra. Se mantuvo de pie un momento y luego se derrumbó.

Después de eso hubo silencio. Todos estaban demasiado sorprendidos, pero finalmente un hombre dijo:

—Vaya. No tenía por qué matarlo.

A Tatiana la sorprendió el tono frío y casual de la observación, como si fuera un comentario sobre el clima y no sobre un asesinato. Pero más sorprendente fue la respuesta del policía:

—Alguien tenía que hacerlo.

—Mi mamá no se levanta —dijo la niña. Esto arrancó a Tatiana de su parálisis. La mujer fue hacia la madre de la niña y la dio vuelta, temiendo que el drogadicto le hubiera rajado la garganta a pesar de todo. Pero no era así: el cuello apenas mostraba un pequeño corte que ya había dejado de sangrar. Tatiana le tomó el pulso.

—Tranquila, pequeña, tu mamá sólo está desmayada. ¿Alguien podría ayudarme a levantarla?

El policía y Santiago se adelantaron, y entre los dos recostaron a la mujer en un asiento.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo el contador—. ¿Hablar con el conductor del tren para que volvamos a la ciudad?

—No sé —replicó el policía. No se lo veía muy alterado; más bien conservaba su expresión de apática fatiga.

—¿Cómo que no sabe? —preguntó Santiago—. Usted es policía, debe saber qué hacer en situaciones como ésta.

—No me presione, ¿quiere? Hoy he tenido un día pésimo. Lo menos que necesito es una reprimenda. Cállese y déjeme pensar.

Santiago enarcó las cejas. Tatiana miró al resto de los pasajeros. Qué curioso: no había visto moverse a nadie, pero de pronto le parecía que había menos personas en el vagón. Todos estaban quietos y expectantes, aunque no lucían preocupados. Tatiana frunció el ceño. No solía viajar en tren, pero no creía que los asesinatos a balazos fueran tan frecuentes como para que la gente los tomara con calma.

La mujer le echó un vistazo al drogadicto. Ni se molestó en tocarlo, porque aunque siguiera vivo, no sería por mucho, ni siquiera con atención médica inmediata.

Dado que el policía continuaba plantado ahí, sin tomar ninguna decisión, Santiago se volteó y dijo:

—Voy a hablar con el conductor. Enseguida regreso.

—Alto —ordenó el policía.

—¿Disculpe?

—Déme un minuto más.

—Hay un cadáver en el piso, ¿para qué quiere un minuto? No va a resucitar. Usted se encargó de eso.

—Precisamente —intervino el hombre que había hablado primero después del tiro. Debía tener unos cuarenta años, sin rasgos destacables, pero a Tatiana le resultó familiar.

—Precisamente ¿qué? —dijo ella.

—Pues que aquí el señor policía mató a ese loco, pero no tenía necesidad de matarlo. Podía haberlo arrestado, o disparado a otra parte del cuerpo. Pero le apuntó directo al corazón, ¿verdad? Ni siquiera contempló las alternativas.

—La madre de esa niña estaba en peligro. No pensé en las alternativas.

—Claro que no. Pero debía hacerlo. Lo entrenaron para eso, es su trabajo.

—Mi trabajo es proteger a los inocentes —gruñó el policía—. ¿Quién va a extrañar a un drogadicto peligroso?

El otro hombre sonrió.

—Yo no, desde luego, pero ¿qué quiere que digamos cuando nos pregunten lo que pasó aquí? ¿La verdad? ¿O prefiere que contemos... eh... una versión alterna? De cualquier manera, creo que todos aquí estaríamos dispuestos a cubrirle el trasero.

—¿Quién es usted? —preguntó Santiago.

—Nadie en particular.

—No es cierto. Yo lo he visto en alguna parte.

—He estado en muchos lugares hoy.

La impresión de Tatiana se reafirmó. Sí, ella también conocía a ese hombre, aunque no pudiera recordar de dónde. Pero hubo algo que llamó todavía más su atención, y se acercó a una ventanilla para mirar hacia afuera.

—¿Dónde estamos? —dijo para sí en voz alta.

—¿Cómo que dónde estamos? —replicó Santiago, quien miró a su vez por la ventanilla más cercana—. Oh, mierda, tienes razón, ¿dónde carajo estamos?

(Continuará...)

Gissel Escudero

27 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 2/5)

El tren se aproximó al andén, ahogando con su traqueteo los pensamientos de Tatiana. Menos mal. De todas maneras, se le ocurrió que el cansancio del policía que estaba cerca de ella era perfectamente comprensible: no debía ser fácil enfrentarse día a día a lo peor de la sociedad. Se preguntó si las canas y arrugas de ese hombre serían prematuras.

Cuando las puertas del tren se abrieron, Tatiana se acomodó en el vagón del medio junto con otras nueve o diez personas. Y así comenzó el viaje, por un trayecto que durante el día era pintoresco, pero que en la oscuridad no tenía mucha gracia. Por la ventana sólo se veían casas medio iluminadas, con las persianas bajas como los párpados de sus ocupantes dormidos. A pesar de esto, Tatiana no consiguió reunir las ganas suficientes para sacar el libro que llevaba en su maleta, y ya comenzaba a pensar que serían dos horas muy aburridas cuando un hombre se sentó junto a ella.

Él debía rondar los treinta y cinco, así que no era mucho mayor que Tatiana. Tenía un rostro agradable, iba bien vestido, y dado que había asientos de sobra en el vagón para que cada viajero se mantuviera más o menos aislado, sus intenciones resultaban bastante obvias. Debido a su apariencia aceptable, Tatiana no rehuyó su mirada.

—Es la primera vez que viajo en tren —empezó él—. ¿Hay algo para hacer, además de mirar las caras soñolientas de los demás?

Tatiana sonrió.

—Creo que las opciones son leer algo, mirar el paisaje, charlar con alguien o revisar los mensajes pendientes —respondió ella. Su interlocutor fingió una expresión escandalizada.

—¿Revisar los mensajes pendientes? ¡Ni de chiste! Mi móvil está apagado, y así va a quedarse hasta el lunes. El trabajo no debería perseguirlo a uno durante el fin de semana.

—Eso es verdad. Por suerte los pacientes no me siguen fuera del hospital.

—¿Eres doctora?

—Enfermera, ¿y tú?

—Contador y corredor de bolsa. Independiente.

—Sin jefes, ¿eh?

—Mis jefes son mis clientes. Es mejor así. Me llamo Santiago.

Él extendió una mano y ella la estrechó.

—Tatiana. Gusto en conocerte.

—Lo mismo digo —replicó él con una sonrisa, y la mujer pensó que quizás el viaje no sería tan aburrido después de todo.

Conversaron un poco sobre esto y aquello, y en algún momento volvieron al tema del trabajo. Tatiana dijo:

—Lo que tú haces debe requerir mucha confianza, ¿no es cierto? Es decir, los clientes confían en ti para manejar su dinero.

—Por supuesto. Es como la relación entre médicos y pacientes, supongo. Sólo que en lugar de confiarme su vida, mis clientes ponen sus ganancias o inversiones en mis manos. Y yo no los defraudo.

Al escuchar la última frase, Tatiana se puso en alerta. Trataba con personas todo el día, personas que solían torcer u ocultar la verdad para sentirse menos vulnerables. La mujer había aprendido así a detectar mentiras con facilidad.

—¿Y qué me dices de tu trabajo? —preguntó Santiago—. ¿Te gusta?

—Claro que sí. Es duro pero edificante, aunque a veces...

—¿Qué?

—No sé qué iba a decir. Debo estar medio dormida.

Después del almuerzo, Tatiana se cruzó con uno de los paramédicos que habían traído al asaltante. Pensó en morderse la lengua y seguir de largo, pero al final no hizo ninguna de las dos cosas, y preguntó:

—¿Qué pasó con el paciente que llegó esta madrugada? El delincuente con la herida de bala.

—Creo que ya salió del quirófano. Hicimos lo que teníamos que hacer para que no muriera... pero tampoco nos esforzamos demasiado. Quiero decir, no estábamos rezando por él ni nada parecido. Pero aguantó todo el camino. Seguro que sobrevive. Sólo espero que lo encierren por el resto de su vida.

—Ya —replicó Tatiana con tono neutro. El paramédico dio un paso adelante, dispuesto a marcharse, pero entonces retrocedió y clavó en Tatiana sus ojos grises. El hombre dijo:

—En realidad, lo mejor sería que ese bastardo ya no saliera de este hospital con vida.

Tatiana volvió a sobresaltarse, y siguió al paramédico con la mirada hasta que dobló una esquina. ¿Qué estaba pasando ahí? Parecía como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para...


—¿Te sientes bien? —preguntó Santiago—. Si no quieres seguir charlando...

—¿Qué? Oh, no es nada. Sólo pensaba en algo que me pasó hoy en el trabajo.

—¿Un día difícil?

Tatiana asintió.

—Sé lo que es eso —replicó él—. Yo también tuve un día difícil, por eso decidí salir de la ciudad. De pronto me pareció una fantástica idea.

Tatiana pensó que el hombre le estaba siguiendo la corriente, nada más, pero entonces él frunció el ceño y dijo con un tono de voz pensativo:

—Fue extraño, ¿sabes? Como si todo hubiera ocurrido por algún motivo. Demasiadas coincidencias, y yo...

—¿Tú qué?

—Nada —dijo él, y sacudió la cabeza como para cambiar de tema. Tatiana sintió un escalofrío. De pronto pensó que ella también había experimentado una larga serie de coincidencias. De hecho, hubiera sido menos extraordinario que ganara la lotería.

Abrió la boca para hacer un comentario, pero un ruido la distrajo y giró un poco la cabeza.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 1/5)

De pie en el andén, con la maleta junto a sus pies, Tatiana miró su reloj una vez más y suspiró de cansancio. Había tenido un día complicado en el trabajo, y ahora sólo quería aprovechar la pequeña licencia concedida para alejarse de todo y despejar su cabeza.

Sin embargo, no podía dejar de pensar que ese día, además de complicado, también le había parecido bastante extraño...

Los paramédicos bajaron al paciente de la ambulancia, cuya sirena perturbaba la calma de una fría madrugada. Sobre la camilla había un hombre joven, manchado de rojo y conectado a una mascarilla de oxígeno y una bolsa de sangre tipo O negativo.

—Herida de bala en el pulmón derecho —dijo uno de los paramédicos—. Sin orificio de salida. Frecuencia cardiaca de 142, presión arterial...

El paramédico siguió enumerando datos, mientras una enfermera tomaba nota y el médico de emergencias empezaba a repartir órdenes. Tatiana siguió con lo suyo, como de costumbre, pero las últimas palabras que le escuchó al paramédico captaron su interés:

—Es un asaltante. La policía vendrá en un rato a darnos instrucciones.

El paciente que Tatiana estaba atendiendo, un anciano que se había golpeado la frente, resopló de disgusto y dijo:

—¿Un asaltante? Uf. Ojalá lo hubieran dejado morir. Sería uno menos para molestar a la gente honrada, ¿no le parece, joven?

Tatiana se sobresaltó un poco. De pronto la mirada del anciano era penetrante y su voz tenía más firmeza que antes. Parecía como si la única reacción posible, la más natural y lógica, fuera estar de acuerdo con él, pero la mujer se limitó a apretar los labios mientras terminaba de limpiar la herida causada por el golpe.


Las once menos cinco. El tren debía estar por llegar. Serían dos horas de camino hasta las afueras de la ciudad, donde Tatiana tenía una amiga que con gusto la alojaría el fin de semana. Como ambas eran solteras, probablemente fueran juntas a algún sitio. El restaurante de la playa estaría bien. Aunque no consiguieran ligar un par de tipos interesantes, por lo menos se divertirían un poco.

La mujer miró en derredor. Había unas treinta personas con ella en el andén, esperando en silencio o conversando en voz baja con sus acompañantes. El único que destacaba era un policía, por su uniforme y el arma que llevaba en el cinturón. Tatiana pensó que se veía tan fatigado como ella se sentía; quizás el pobre tampoco daba más, y estaba escapando de la ciudad sin haberse molestado siquiera en ponerse ropa de civil.

Dos policías llegaron al hospital quince minutos después que el herido de bala. Eran bastante jóvenes, pero la ira mal reprimida los hacía ver mayores. Uno de ellos tenía un feo raspón en la cara y olía a pólvora.

—Espera aquí —dijo el otro—. Voy a averiguar dónde está ese hijo de puta. Ojalá se haya muerto.

El policía del raspón en la cara hizo un gesto afirmativo y siguió con la vista a su compañero mientras éste se alejaba por el pasillo. Tatiana hizo un esfuerzo por no involucrarse;
tenía que mantenerse al margen, pero algo dentro de ella era superior a su voluntad, y se acercó al policía solitario componiendo una actitud amable.

—¿Me permitiría atenderle ese raspón? Así sanará más rápido y no dejará marcas.

El policía parpadeó. No debía haberse dado cuenta de que estaba herido, porque se palpó el rostro hasta dar con la lesión. Hizo una mueca.

—Estoy bien —dijo—. No tengo tiempo para eso ahora.

—Sólo me tomará dos minutos.

—Bien, de acuerdo. Gracias.

Tatiana puso manos a la obra, quitando la suciedad de la herida y aplicando un antiséptico con toques suaves. El hombre ni se inmutó; no dejaba de mirar el sitio por el que se había ido su compañero.

—¿Qué pasó? —dijo ella—. ¿Es verdad que el herido de bala es un asaltante?

—Es un
asesino. Estaba con otro tipo robando una tienda. Le disparó al dueño, y también a un colega mío. Los dos murieron. Hubo un tiroteo. Por suerte no le dieron a nadie más. Yo maté al otro.

Una pausa. El policía continuó, pero en voz más baja.

—Qué pena que no lo maté a ése también. Les habría ahorrado a ustedes un montón de trabajo. Pero no, ahora hay que curarlo para que pueda ir a juicio. Qué estupidez.

Otra pausa. Entonces el policía desvió su mirada hacia Tatiana, y dijo con el mismo tono raro del anciano:

—Alguien debería encargarse de que no salga de aquí, ¿entiende lo que digo? Total, nadie va a extrañar a un delincuente.

De nuevo, Tatiana no respondió, aunque sintió un nudo en la boca del estómago. ¿Acaso llevaba un cartel en la frente o algo así?


(Continuará...)

Gissel Escudero

2 de diciembre de 2010

La Reina de las Tinieblas

(Esta historia se me ocurrió en un sueño. En dicho sueño yo encontraba un libro, leía la sinopsis en la contratapa, y la sinopsis era, justamente, esta historia. ¡Vaya forma de tener una idea! Escribí el relato con relativa facilidad, como si se hubiera formado solo en mi cabeza. A veces me pregunto si no habrá llegado a mis neuronas desde algún lugar en el éter cósmico del inconsciente colectivo o algo así :-P)

Por la ventana sólo se veía una cortina gris de agua. La escasa luz que entraba a la habitación proyectaba el líquido sobre las paredes, en hilos serpenteantes que se deslizaban del techo al suelo sin que ningún objeto interrumpiera su recorrido. Allí dentro no había más que una mesita, un sillón y un hombre vestido de negro que en ese instante miraba hacia el exterior. El florero en la mesita hubiera podido dar un toque de color a la estancia, pero sus flores estaban marchitas.

Cerrando los ojos, el hombre de negro se concentró una vez más en el rostro que deseaba recordar. No le resultó difícil: lo tenía bien claro en su mente. Sin embargo, no era lo mismo pensar en una cara que trasladarla al papel; por alguna razón, los detalles se le escapaban.

Todavía con los ojos cerrados, Jean-Philippe casi podía sentir que ella lo observaba desde la página blanca. Él no sabía el nombre de la mujer. Tampoco sabía de qué color eran sus ojos, o sus labios. En realidad nunca la había visto más que en sueños y visiones, pero algo sí tenía por seguro: ella existía. Estaba allá afuera, en alguna parte, y cada día él la buscaba entre la anónima multitud. Tarde o temprano la encontraría, aunque se le fuera la vida en ello.

La puerta se abrió suavemente y un perfume exquisito alivió la pesada atmósfera del cuarto vacío. Pero Jean frunció el ceño, molesto por la intromisión.

—Vete —le dijo a la criada sin voltearse hacia ella.

—Señor, el jardinero acaba de cortar estas rosas...

—No me importa. Llévatelas.

—Las del florero están...

—Ya lo sé. Déjalas así.

La criada titubeó, de pie en el umbral. Criatura estúpida, ¿por qué no se iba?

—Lárgate ya. Y que nadie vuelva a importunarme hasta la hora de la cena.

—E-entiendo, señor. Disculpadme.

—Cierra la puerta al salir.

Y la criada se marchó, derramando un par de lágrimas sobre los pétalos ya mojados.

Así estaba mejor. Jean inclinó la cabeza hacia el cuaderno y afinó el carboncillo en el borde del papel.

El rostro de la mujer, apenas delineado, era muy hermoso. Delicado pero intenso, como el de un bello animal salvaje que es capaz de matar. Cutis de paloma, expresión de gato; fascinante combinación. El cabello oscuro se extendía por el resto de la página en fieros mechones.

Hacía muchos años que Jean la buscaba. Desde el primer momento que apareció ante él, como un contraste de luces y sombras en el abismo de su inconsciente. Ella le hablaba en susurros, y aunque nunca podía entender sus palabras, su voz lo atraía con mayor intensidad que cualquier otra cosa a su alrededor. Era el encanto de lo intangible.

Jean acercó el carboncillo al dibujo, pero su mano se negaba a complacerlo. Ofuscado, dejó el cuaderno sobre la mesita.

Junto al florero unas letras doradas reflejaban el agua con un brillo pálido. Era una invitación para el cumpleaños del rey, y aunque Jean, por su título nobiliario, estaba obligado a asistir, no tenía el más mínimo deseo de presentarse en la fiesta. Sin embargo, tampoco se le ocurría nada mejor que hacer.

¿Y si ella lo aguardaba ahí, en algún rincón del palacio?

Esta idea, que surgió de pronto, avivó el espíritu de Jean. La esperanza brotó en su corazón llenándolo de energía, y entonces el rostro anhelado se definió en todas sus líneas como si lo tuviera a un palmo de distancia.

Unos pétalos secos cayeron sobre el cuaderno, en los trazos ondulantes del cabello. Con un atisbo de sonrisa que raras veces aparecía en sus facciones, el hombre sacudió los pétalos, sujetó el carboncillo entre sus dedos y terminó el dibujo mientras la lluvia continuaba regando el paisaje.

(Éste es el comienzo del relato. Si les ha picado la curiosidad, pueden bajarse el resto desde aquí.)

Gissel Escudero

31 de octubre de 2010

El Pueblo de los Difuntos

Mi relato de este año para la Noche de Brujas (El Pueblo de los Difuntos) es un poco largo para ponerlo en el blog, así que se lo pueden bajar desde aquí. Si les interesa el relato del año pasado (El Duende de los Deseos) se lo pueden bajar desde aquí.

¡Que se diviertan! :-)

Gissel Escudero

15 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 3/3)

El verano dejó paso al otoño. Aún hacía calor y los árboles tardarían unas semanas en perder sus hojas, pero los rayos del sol eran menos intensos. Una tarde, por fin, llegó el momento que Felicia había estado esperando: la oruga dejó de comer y se dispuso a iniciar la metamorfosis. Felicia la pasó entonces a una caja más grande, con tapa lateral, puesto que la futura mariposa necesitaría espacio para extender sus alas; y considerando el tamaño de la oruga, iba a ser una enorme mariposa.

El insecto dio vueltas por la caja, que también tenía ventanas de tul, y se detuvo en una esquina. Entonces comenzó a hilar un capullo, como los gusanos de seda, y así la niña supo que su amiga sería una mariposa nocturna, una polilla gigante. ¡Qué bien! Las polillas gigantes no tenían unos colores tan brillantes como las mariposas diurnas, pero había muchas en el libro de Felicia, y ella pensaba que eran igualmente hermosas.

La oruga hizo un capullo del tamaño de un huevo. Era muy blanco y lustroso, y tan denso que no se veía su interior. Felicia sonrió y dijo:

—Nos vemos en la primavera, cuando tengas tus alas.

Pasaron los días, y luego las semanas. El otoño se convirtió en invierno, y aunque en la ciudad donde vivía Felicia nunca nevaba, sí hubo unas noches muy frías de tormenta, con vientos que quebraban las ramas de los árboles. A menudo el pasto se veía en la mañana cubierto de escarcha, cristales de hielo muy finos que relucían como joyas antes de que el sol los derritiera.

A Felicia la reconfortaba saber que su oruga estaba a salvo dentro de la casa, dormida en el capullo mientras su cuerpecito cambiaba de forma. De lo contrario, tal vez se hubiera congelado allá afuera, por más que tantas mariposas pasaran el invierno como crisálidas, e incluso bajo la tierra.

Tras la noche más larga del año, Felicia despertó en la madrugada por unos sonidos que escuchó en su habitación. Era un ruidito muy suave, un roce sobre cartón. La niña encendió la lámpara en su mesita de luz.

El ruido venía de la caja donde estaba el capullo blanco. Pero aquello no tenía sentido; ¡era demasiado pronto! Frunciendo el entrecejo, la niña caminó hasta la caja y abrió la tapa.

Ahí estaba la polilla gigante, colgada boca abajo para que sus alas terminaran de estirarse. Era tan grande como Felicia había pensado que sería, y tenía un intrincado diseño de líneas y ocelos plateados sobre fondo blanco. Todo el insecto parecía hecho de terciopelo, incluso las antenas plumosas.

Felicia casi se echó a llorar.

—Ay, eres tan hermosa... Pero ¿qué voy a hacer contigo? ¡Te equivocaste de estación! ¡No puedo soltarte ahora, te morirías!

La mariposa abrió y cerró un poco sus alas, que casi rozaban el piso de la caja. Debía ser el insecto más grande del mundo; el más grande y el más bello.

Tal vez no tuviera que dejarlo ir, pensó Felicia. Todavía no. Quizás pudiera darle de comer hasta la primavera, y así no se moriría de frío. Ya antes había alimentado mariposas con miel disuelta en agua, cuando no podía soltarlas de inmediato a causa del viento o la lluvia.

Felicia cerró la caja y apagó la luz. Hablaría con su tío en la mañana, para pedirle consejo.

Cerca del amanecer, la mariposa comenzó a aletear dentro de la caja. La niña volvió a levantarse.

—¡Quédate quieta, o te lastimarás! ¡No puedes salir ahora!

Pero el insecto no dejó de aletear, y cuando Felicia abrió la tapa, la mariposa comenzó a revolotear por la habitación como un pájaro. Luego se prendió a las cortinas, atraída por la débil luz que se colaba a través de una rendija. La niña supo entonces que no podría retener a la mariposa; quería irse, aunque ello significara su muerte.

Felicia se puso un abrigo por encima del camisón, sus botas acolchadas y una gorra de lana. Ahora sí estaba llorando, y las lágrimas corrieron por sus mejillas hasta caer en la alfombra. La niña se subió a una silla, dejó que la mariposa trepara a su mano, y salió de su habitación tratando de no hacer ruido. Había imaginado que el insecto sería pesado, pero no lo era; por el contrario, Felicia no sentía más que el contacto de las seis patitas peludas.

La niña descorrió el cerrojo, abrió la puerta y salió al jardín. El frío le puso al instante la nariz colorada.

El paisaje estaba tan cubierto de niebla que la niña sólo veía un par de metros de pasto frente a ella. Se le ocurrió que tal vez la mariposa, al sentir el frío, cambiaría de idea; sin embargo, el insecto agitó de nuevo sus alas, listo para despegar.

—Adiós, amiga —dijo Felicia con la voz cargada de tristeza.

Una forma verde se lanzó hacia ella desde un costado, y la niña apenas tuvo tiempo de darse vuelta para escudar a la mariposa con su espalda. Felicia lanzó un grito cuando el pájaro la golpeó, y no tuvo más remedio que soltar al insecto porque el ave empezó a picotearla en la cabeza, tratando de herirla a través de la gorra.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Ya basta, pájaro chiflado!

Felicia luchó contra el ave, dándole puñetazos y arrancándole unas cuantas plumas, pero el animal no se rendía, y parecía determinado a llegar a la mariposa a través de la niña. Había crecido. Era difícil asegurarlo en medio de la pelea, pero Felicia igual se dio cuenta de que el ave era más grande que antes, y de pronto sintió miedo. No obstante, siguió luchando, y cuando vio una escoba que su madre había olvidado en el jardín, la levantó del suelo para usarla como arma. Tres golpes bastaron para mandar al pájaro contra un árbol. El animal chilló de dolor y cayó al piso patas arriba, con las alas extendidas, y ahí se quedó un rato, inmóvil pero vivo. Sosteniendo en alto la escoba, Felicia se acercó a él.

—Eso te pasa por meterte conmigo, pájaro estúpido. ¡A ver si aprendes de una vez!

El ave, que lucía bastante maltrecha, se levantó y miró a Felicia con una expresión de rencor muy humana. Ella alzó la escoba un poco más, lista para volver al combate.

—Vete y no regreses. Es tu última oportunidad.

Al fin el pájaro aceptó su derrota, y después de soltar un graznido, se marchó volando torpemente. La niebla se lo tragó.

Felicia soltó la escoba y se dio vuelta. No había señales de la mariposa por ninguna parte; la niña pensó que debía haberse marchado mientras ella estaba ocupada con el ave. Qué pena. Se había perdido el primer vuelo de aquella fantástica mariposa; el primer vuelo y quizás el último, debido al frío.

Con un suspiro de tristeza, y sintiendo muy pesado el corazón, Felicia empezó a caminar hacia la puerta de su casa. Apenas la veía, por culpa de la niebla... y entonces la puerta desapareció por completo. Felicia siguió caminando, un metro, dos, tres, pero aún no llegaba a la casa.

La niña escuchó un crujido suave bajo sus pies, y se quedó perpleja al descubrir que estaba pisando nieve. Ésta también caía del cielo, en pequeños copos que se posaban sobre los... ¿árboles?

Felicia miró en derredor. La niebla todavía era espesa, pero en ella se distinguían unos troncos gruesos. Un bosque. Aquello era un bosque, y la niña pensó que debía estar soñando. Sin embargo, todo parecía real. Felicia abrió una mano para atrapar los copos de nieve, que se derritieron humedeciéndole la palma.

Alguien se aproximaba, una figura que reía con un sonido de cascabeles. Felicia no se movió, y por unos segundos contuvo el aliento, aunque en realidad no tenía miedo. La situación era demasiado maravillosa, y ella estaba segura de que nada malo iba a pasarle.

La figura salió de la niebla. Era una niña de la misma edad que Felicia, y casi todo en ella era del blanco más puro: su piel, su cabello, su vestido con ribetes peludos. Iba descalza. Tenía los ojos y los labios plateados, y los dibujos de su vestido estaban bordados con hilos de plata que brillaban a pesar de la falta de sol, porque la niña entera resplandecía como la luna.

Dos enormes alas de mariposa se agitaban detrás de ella. Felicia reconoció al instante su diseño, y después de tragar saliva, consiguió formular una pregunta:

—¿Eres... eres ?

La niña blanca sonrió y movió la cabeza de arriba a abajo. Se veía muy feliz.

—¿Eres un hada? —preguntó Felicia.

Esta vez la niña blanca no respondió, pero extendió una mano hacia Felicia para entregarle un objeto de aspecto delicado. Era un broche en forma de mariposa, hecho de plata y con piedritas de cuarzo. Felicia le dio vueltas, admirándolo. Luego dijo:

—Me encanta. ¿Es un regalo?

La niña con alas de mariposa volvió a asentir.

—¡Gracias! —dijo Felicia, y también sonrió. Era el regalo más hermoso que le habían hecho en su vida.

La niña blanca dio unos pasos hacia adelante y besó a Felicia en la mejilla. Sus labios plateados eran fríos, pero no de manera desagradable, y el beso estuvo cargado de ternura. Después de eso, la niña señaló hacia arriba.

—¿Tienes que irte? —preguntó Felicia.

La niña blanca asintió por tercera vez.

—Te extrañaré —dijo Felicia—. ¡Fue divertido cuidarte! Pero no te dejes atrapar por ese pájaro, ¿eh?

Se oyó otra risa de cascabeles mientras la niña blanca hacía un gesto negativo. Luego ella empezó a agitar sus alas, y poco a poco se hizo más pequeña, cambiando de forma hasta convertirse de nuevo en una mariposa. Se fue volando con rápidos aleteos y desapareció en lo alto.

Había dejado de nevar. Felicia notó que ahora pisaba pasto, y que ya podía ver su casa. Sus padres estaban cruzando la puerta en ese momento, y corrieron hacia Felicia mostrando preocupación.

—Hija, ¿qué haces afuera? —preguntó la madre de la niña.

—Tenía que soltar una mariposa.

—¿Una mariposa? ¿En esta época? ¿Con este frío?

—Es que era una mariposa de invierno —contestó la niña, sonriendo.

—¿Qué tienes en la mano? —preguntó su padre, y Felicia le enseñó el broche.

—Me lo regaló una amiga. Una amiga muy especial...

Los adultos se miraron entre sí. No debían entender nada, pensó Felicia, pero daba igual. Lo importante era que su mariposa estaría bien, fuera lo que fuese en realidad. Ojalá volvieran a verse algún día.

Felicia le echó un último vistazo a la niebla, y sin dejar de sonreír, prendió el broche en su gorra y volvió a la casa cantando para sí.

Gissel Escudero

13 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 2/3)

A la oruga pareció gustarle su nuevo hogar. Felicia le ponía hojitas y pétalos frescos en la caja de cartón, y cuando no estaba comiendo, el insecto se quedaba pegado a una de las paredes como si durmiera la siesta. La tapa de la caja tenía ventanitas tapadas con tul.

De cualquier manera, cada tanto la niña llevaba a la oruga al jardín, para que estuviera en el rosal y tomara un poco de aire fresco y luz solar. Por supuesto, siempre se aseguraba de que el pájaro verde no anduviera rondando por ahí, ya que aún se aparecía en busca de la oruga blanca.

Un día la niña estaba en el jardín, con el insecto caminando por sus dedos, cuando alguien le dijo desde el otro lado del muro:

—Qué bicho más espantoso. Deberías matarlo.

Felicia levantó la mirada. Quien hablaba era un niño de su misma edad, y se parecía mucho al pájaro del copete, porque tenía los ojos igual de verdes y su cabello igual de rojo. A Felicia no le gustó su expresión maliciosa.

—No es un bicho, es una oruga —replicó ella—. Y es bonita.

—Es un gusano, ¿qué podría tener de bonito?

—Pero qué ignorante. Las orugas son bonitas. Y aunque no lo fueran, luego se convierten en mariposas, y las mariposas siempre son bonitas.

—Las mariposas son bichos. Si les arrancas las alas, parecen hormigas gigantes y peludas.

A Felicia la horrorizó la idea de arrancarle las alas a una mariposa.

—¡Eres muy malo! —exclamó la niña—. ¡Deja de molestarme y vete de aquí!

—No quiero.

—Llamaré a mis papás.

—Ellos no pueden hacerme nada. Estoy en la vereda, y la vereda es de todos.

—Entonces yo me voy. Hasta nunca —dijo Felicia, y le sacó la lengua al malcriado niño.

—¡Es un bicho horrible, y si lo encuentro por ahí lo voy a pisotear! —gritó el muchachito. De pronto su voz también se parecía mucho a los graznidos del pájaro verde.

Felicia cerró la puerta tras ella y espió por la ventana. El niño permaneció ahí un rato más, observando la casa con el ceño fruncido, y luego se marchó calle abajo.

—Eso, márchate ya —murmuró la niña—. Y no vuelvas.

Felicia acarició a la oruga. Era muy suave, como los gatitos.

—No le hagas caso a ese tonto. Tú no eres horrible. A mí me gustas.

La oruga siguió caminando por la mano de Felicia, pegándose con las ventosas de sus patitas plateadas.

Por la tarde, la niña salió a jugar con sus amigas. Dejó a la oruga en su casa, pero antes de irse se aseguró de que la ventana de su dormitorio estuviera cerrada. No se fiaba del pájaro verde, y ahora tampoco del niño; y aunque la ventana tenía reja, nada impedía que el ave pasara a través de ella o que el niño arrojara una piedra.

Felicia se rió. ¡No era fácil ser la mamá adoptiva de una oruga!

—Pórtate bien, vuelvo en un rato —le dijo ella al insecto, y se marchó llevándose su cuerda de saltar.

Cuando volvió a la casa y entró a su habitación, lo que vio la dejó paralizada en el umbral de la puerta.

El dormitorio era un caos. Casi todos los objetos pequeños estaban volcados o en el suelo, algunos de ellos rotos en pedazos. La cortina tenía desgarrones, y la almohada de la cama mostraba unos cuantos agujeros.

La ventana estaba abierta. Había una pluma verde sobre la alfombra, y la cajita de cartón... la cajita yacía en el piso, abierta. Felicia no vio a la oruga por ninguna parte.

—¡Ay, no! —exclamó la niña.

—¿Qué sucede? —dijo la madre de Felicia, y caminó por el pasillo hacia su hija—. ¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí? ¿Qué hiciste?

—¡Yo no hice nada! ¡Dejé la ventana cerrada para que no entrara ese pájaro!

—¿Cuál pájaro?

—No importa —replicó Felicia, y se arrodilló en la alfombra en busca de la oruga.

—Ay, hija, lo siento. Abrí la ventana para que se ventilara tu dormitorio y me fui a charlar con la vecina. No sabía que hubiera un pájaro queriendo entrar.

La madre de Felicia levantó la pluma del suelo mientras la niña seguía buscando. La pequeña estaba a punto de echarse a llorar, y apenas podía creer que el maldito pájaro se hubiera salido con la suya. ¡No era justo! ¿Acaso no había otras cosas para comer ahí afuera? ¿Basura, por ejemplo? ¡Si hasta las palomas...!

La niña vio un destello plateado bajo el escritorio y soltó un gritito de alegría. ¡La oruga estaba viva! Felicia la tomó en sus manos. El insecto tenía una herida en el costado por la que salía un líquido transparente, pero eso era todo. La oruga parecía estar bien, y se enrolló en los dedos de la niña como si se alegrara de verla. Felicia le echó talco en la herida para que dejara de supurar.

—Vas a estar bien, amiguita. No dejaré que nada malo vuelva a pasarte, te lo prometo.

Felicia acarició a la oruga largo rato antes de devolverla a su cajita.

(Continuará...)

Gissel Escudero

11 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 1/3)

Cuando la vio prendida en la rama, Felicia pensó que aquello era un pedazo de tela, o quizás una bola de algodón. Entonces empezó a moverse, y la niña caminó hacia el rosal para echarle un vistazo más de cerca a la cosa blanca.

Era una oruga. Tenía pelos suaves como algunas semillas, pero su cabeza y patas eran de color plateado. Felicia jamás había visto una criatura más bonita, y por eso se quedó allí parada un buen rato, admirándola.

A Felicia le gustaba criar mariposas. Tenía sólo ocho años, pero su tío, un entomólogo, le había regalado un libro muy grueso, y por lo tanto ella conocía por su nombre todas las especies que visitaban su jardín. Había plantado en él comida para las orugas, que solía poner en cajitas para cuidarlas personalmente y protegerlas así de sus enemigos naturales. Cuando se volvían mariposas, las dejaba ir. Pocas cosas le producían tanta felicidad como soltar a las hermosas criaturitas, que ella seguía con la vista hasta que se perdían en la inmensidad del cielo.

Sin embargo, en su libro no figuraba aquella oruga blanca. Era totalmente desconocida para la niña. Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Dejarla donde estaba o meterla a su casa para criarla? No era una decisión fácil. Cualquier cosa podía matar a la oruga ahí en el rosal: avispas, pájaros, parásitos, lluvias fuertes, días muy calurosos; pero había orugas que no se criaban con facilidad, porque no soportaban los cambios de ambiente.

Que se quedara en el rosal, al menos por el momento. Felicia la vigilaría para asegurarse de que estuviera bien, y así también averiguaría qué clase de mariposa era.

A lo largo de la semana, Felicia siguió muy de cerca los progresos de la oruga. Como todas las larvas de insecto, parecía crecer cada vez más rápido: al principio era tan grande como un dedo de la niña, pero continuó engordando hasta alcanzar en tamaño a los dedos del papá de Felicia. Cada día estaba más bonita. Se comía las hojas del rosal y también sus flores, pero a la niña eso no le molestaba. Tal vez era de las flores que la oruga obtenía su belleza.

Una mañana de domingo, Felicia se llevó un susto tremendo. Acababa de salir para echarle un vistazo a la oruga, y entonces descubrió que había un pájaro muy cerca de la misma. Era verde, excepto por un llamativo copete rojo, y al parecer estaba buscando la manera de meterse entre las ramas del rosal para atrapar a la oruga. Felicia acudió al rescate.

—¡Vete! ¡Vete, largo de aquí, pájaro malo! ¡Fuera!

El ave graznó, esponjando sus plumas, y se marchó volando hacia un árbol.

Una vez recuperado el aliento, Felicia examinó la oruga. Estaba bien, por suerte; el pájaro no había logrado alcanzarla. Menos mal que las ramas del rosal eran densas, y sus espinas afiladas. La niña suspiró de alivio.

—Tranquila, chiquita. No dejaré que nada malo te pase.

La oruga se volteó hacia la niña como si pudiera escucharla. Qué brillante era su cabeza, pensó Felicia. Los ojos del insecto parecían joyas.

El pájaro levantó vuelo y regresó al jardín, dando vueltas en el aire alrededor de la niña y del rosal.

—¡Te dije que te fueras! ¡Serás testarudo!

Felicia, enojada, empezó a dar saltos mientras agitaba los brazos, siempre tratando de ahuyentar al pájaro verde, pero éste parecía empeñado en comerse a la oruga. Sin embargo, se marchó al poco rato, perdiéndose en la distancia.

—Qué bicho tan atrevido —murmuró la niña, y decidió quedarse un rato más en el jardín para asegurarse de que la oruga estuviera a salvo. No podía dejar que un ave se la comiera, ahora que estaba tan enorme y tan linda.

Cerca del mediodía, una voz femenina salió del interior de la casa.

—¡Felicia! ¡A comer!

—¡Ya voy, mamá! —contestó la niña.

Felicia corrió hacia la puerta, pero antes de cruzarla se dio vuelta hacia el rosal... y otra vez vio al pájaro acechando a la oruga. La niña resopló.

—¡¡Fueeeraaa!! —gritó, y de nuevo agitó los brazos. El ave se fue.

Era obvio que el pajarraco del copete rojo no iba a darse por vencido, pensó Felicia. Al parecer no tenía más alternativa que sacar a la oruga del rosal y criarla ella misma. Con mucho cuidado, la niña metió la mano entre las espinas y rozó a la oruga para saber si picaba o no. No sintió nada. Felicia desprendió al insecto de la rama y lo sacó del rosal. Se rasguñó un poco la mano, pero la oruga no sufrió daño alguno.

Sosteniendo al animalito contra su pecho, Felicia entró a la casa.

(Continuará...)

Gissel Escudero

9 de septiembre de 2010

El destino en su mano (parte 2/2)

Dika estaba en un campo de batalla. No sabía dónde, pero daba igual, porque las balas zumbaban a su alrededor y las explosiones levantaban nubes de tierra. Había cadáveres en el suelo, árboles quemados, sangre, desolación. La muchacha corría de un lado a otro buscando un refugio, pero no había ninguno a la vista, ni siquiera una trinchera; eso la convertía en un blanco fácil.

Unos pocos soldados también corrían de un lado a otro, aunque no parecían tan desorientados como ella. No se fijaron en Dika, pero la joven sí contempló sus rostros, algunos decididos y otros llenos de miedo, todos sucios de polvo.

Uno de los hombres pasó muy cerca de la gitana. No tenía heridas de consideración, pero sí se veía aturdido por las explosiones, y no se había dado cuenta de que un soldado del ejército contrario le estaba apuntando con su rifle directo al corazón.

Un tercer soldado apareció en la escena y se interpuso en el camino de la bala. Ésta le dio en el pulmón derecho y el hombre cayó de espaldas, presionando el agujero con su mano. El soldado a quien le había salvado la vida salió de su aturdimiento y le disparó al enemigo, derribándolo; luego se volteó hacia su compañero, y al ver que estaba agonizando, le dijo:

—Lo siento. Gracias.

Luego el soldado se marchó corriendo, disparándole a más enemigos que se acercaban por el mismo sitio que el anterior.

Dika se arrodilló frente al moribundo, no porque pensara que podía ayudarlo, puesto que la herida era fatal, sino porque el rostro de aquel soldado le resultaba conocido. Tenía algunas cicatrices en las mejillas que ella no recordaba, pero ese pelo rubio, y esos ojos grises...

El soldado miró a Dika. Era como si ella no estuviera ahí. El hombre empezó a reír, a pesar de que la vida se le escapaba por el hoyo en el pecho. Sus carcajadas asustaron a la joven aún más que los disparos y las explosiones.

El soldado murió riendo.

Dika levantó la cabeza. Había una persona frente a ella y el cadáver, una cuyo pelo y vestiduras blancas se mecían en una brisa inexistente. Su rostro tenía una mirada de profunda tristeza.

—¿Abuela? —dijo la muchacha. De pronto sentía mucho frío, como si la hubieran expulsado a la intemperie durante una nevada.

Tshilaba no respondió. Sólo continuó mirando a Dika fijamente, y a la joven le pareció que la cabeza de su abuela se movía muy despacio de un lado a otro.

—¿De qué me acusas? —preguntó Dika—. ¡No he hecho nada malo! ¡Este soldado acaba de salvar a otro! Eso es bueno, ¿no?

Dos lágrimas brotaron de los ojos de Tshilaba, surcando las arrugadas mejillas. Poco a poco, la anciana desapareció. Su cuerpo se transformó en niebla y la niebla se deshizo, mezclándose con el polvo que flotaba en el aire.

Dika despertó en su cama. Aún temblaba de frío, y un mal presagio le hacía doler el corazón como si estuviera envuelto en alambre de púas. La joven encendió una vela y contempló su mano, sólo para comprobar que el mal presagio era cierto.

Lo que leyó en su diestra la llenó de horror.

*****

Se estaba incubando una tormenta, y la ausencia de luz hacía que todo se viera descolorido: las nubes, los árboles, los gruesos muros de cemento, las rejas. Un ambiente gris para las vidas que también se habían vuelto grises por dentro. Era eso lo que la falta de esperanza le hacía a las personas, así como la falta de agua marchita las flores.

Dika se hallaba en el patio, aprovechando un raro momento de descanso. Tenía poco más de treinta años, pero el cabello le estaba encaneciendo con rapidez. Sin embargo, incluso la vejez prematura estaría muy pronto fuera de su alcance.

Los guardias patrullaban por todas partes, llevando sus rifles en las manos o esos odiosos perros negros capaces de destrozar a un fugitivo en un santiamén. Pero los muros eran lo peor. Al mirarlos, Dika sentía que le faltaba el aire, y quería cerrar los ojos y gritar de desesperación.

Casi todos sus familiares habían muerto dentro de esos muros.

A pesar de su don, Dika no había logrado escapar de su destino. Aquello era demasiado grande, demasiado terrible, como un huracán de los que barren todo a su paso. Se los ve venir desde lejos, pero de nada sirve correr en la dirección opuesta.

La gitana había decidido quitarse la vida esa misma noche; al fin y al cabo, sus manos le auguraban una muerte próxima. Dika ya no soportaba los golpes, ni las violaciones, ni el trabajo forzado... ni la culpa.

Sí, todo eso era su culpa. Se había dejado tentar por unas monedas, y ahora millones de personas estaban pagando el precio de su codicia. Cuando se suicidara, probablemente iría a un infierno creado sólo para ella... si es que había algo más monstruoso que aquel lugar. Le costaba creer que eso fuera posible.

Ocho automóviles se aproximaron por la carretera como una fila de insectos. Dika los contó a medida que cruzaban el portón de la entrada, y se le ocurrió que en ellos debía venir alguien importante.

Dos oficiales descendieron del primer vehículo. La gitana reconoció los uniformes y sintió náuseas; entonces miró a la cara a uno de los hombres y abrió mucho los ojos, paralizada a causa de la sorpresa. Después se dio vuelta, pero ya era tarde: el hombre también la había visto, y se acercó al tejido de alambre que los separaba.

—No esperaba verla por aquí, señorita, pero me alegro de haberla encontrado —dijo el oficial—. Tengo algo para usted que debí entregarle hace mucho tiempo.

Dika cerró los ojos un momento, sintiendo que las lágrimas corrían por sus mejillas. Aun así, se dio vuelta una vez más y enfrentó a su interlocutor. Él no había cambiado nada en todos esos años; su rostro era tal como ella lo recordaba: el pelo rubio, los ojos grises, las facciones jóvenes y enérgicas.

—Yo lo vi morir —balbuceó Dika. El hombre sonrió.

—Es verdad. Pero mi comandante me recompensó por mis leales servicios.

—¿Se refiere a...?

El oficial dejó escapar una risa despectiva.

—No, no me refiero a esa marioneta, sino a mi verdadero comandante. Mi amo. Como sea, aquí está el resto del pago, señorita. Su don me fue de gran utilidad.

El hombre retiró algo de su chaqueta y lo dejó caer al suelo a través del tejido de alambre. Era una bolsita de cuero gastado, y el tintineo de su contenido fue suficiente para informarle a Dika de qué se trataba. Pero la gitana no se molestó en recoger las monedas de oro. ¿Para qué las quería, a esas alturas?

—Adiós, señorita —dijo el oficial, y después de tocar su gorra, se reunió con sus compañeros.

Dentro del grupo, hubo un segundo hombre a quien Dika reconoció, pero él sí había cambiado con el paso del tiempo. Era el otro soldado de su sueño, el que había sobrevivido. Los guardias del campo de concentración se llevaron una mano a la frente para saludarlo:

—Heil Hitler!

Gissel Escudero

6 de septiembre de 2010

El destino en su mano (parte 1/2)

La hoguera chisporroteaba en medio del campamento gitano, convirtiendo las sombras en demonios danzantes. Dika estaba sentada frente a ella, observando las llamas con las manos sobre las rodillas y el mentón sobre las manos. Un mechón de pelo negro caía sobre su frente.

La muchacha esperaba un llamado. Su abuela Tshilaba estaba agonizando, y en cualquier momento pediría hablar con ella. O eso se suponía. El don se pasaba de generación en generación por la línea materna de la familia, pero la anciana nunca se había llevado bien con su nieta.

La vieja tendría que hacer de tripas corazón, pensó Dika; al fin y al cabo, ella era la única descendiente que podía recibir el don. Su madre y sus dos tías habían muerto por distintas enfermedades, y Dika sólo tenía hermanos varones. Seguramente Tshilaba no dejaría que el don se perdiera por una estúpida cuestión de orgullo, puesto que alguien tenía que traer dinero a la familia. Dinero de verdad, no las insignificantes monedas que conseguían los demás con sus banales entretenimientos callejeros.

Por fin sucedió lo que la joven esperaba: su padre salió del carromato y le indicó que se aproximara. Dika se levantó de un salto.

—Tu abuela quiere verte —gruñó el hombre. Tenía una mirada de reprobación.

—Ha dicho que sí, ¿verdad? —preguntó Dika.

El hombre asintió.

—¿Por qué esa cara, entonces? —continuó la joven—. Son buenas noticias.

El padre de Dika no respondió, y siguió mirándola con el entrecejo fruncido. Ella ni se inmutó. Estaba acostumbrada a que la trataran así, y no le daba mucha importancia. Además, pronto tendría algo que obligaría a todos en el campamento a respetarla como era debido.

Con la cabeza bien alta, la muchacha pasó junto a su padre y entró al carromato.

La anciana yacía en su cama, un espectro de ser humano con el pelo blanco y la piel surcada por centenares de arrugas. Apenas abultaba bajo las sábanas. No era tan mayor como parecía, pero la enfermedad la había devorado por dentro como un parásito insaciable. Dika no se detuvo a pensar en lo que su abuela debía estar sufriendo, porque una sola idea ocupaba su mente.

—¿Me lo darás? —preguntó la joven mientras se sentaba junto a la cama.

La anciana suspiró. Fue un sonido cargado de angustia, más parecido a una queja. Trató de incorporarse un poco, pero no tenía fuerzas; derrotada, se hundió un poco más en el almohadón de plumas y miró a Dika con fatigada severidad.

—Sí, te lo daré —respondió Tshilaba—. Tu padre me pidió que no lo hiciera, y vaya que tenía buenos argumentos en contra. Yo misma lo he considerado mucho estas semanas. Si tuviera alternativa, se lo daría a cualquier otra persona, menos a ti.

—Abuela...

—No, escúchame. Por una vez en tu vida, muchacha tonta, cierra la boca y abre las orejas.

Dika guardó silencio, aunque bastante ofendida. La anciana tomó aire y dijo:

—Eres inmadura y muy irresponsable. Te llamaría malcriada, si no fuera porque sé que tus padres te educaron bien. Lo que sea que falló, está dentro de ti. Pero aún eres joven. Tal vez el tiempo se encargue de corregirte.

Tshilaba carraspeó. Se estaba poniendo gris, y Dika temió que muriera en medio de su parrafada, sin darle el don que le había prometido.

—Tú crees que todo es un juego, incluyendo esto —continuó la anciana—. Pero te equivocas. Este poder es mucho más peligroso de lo que imaginas; puede hacer mucho bien... y también mucho daño. Tendrás que usarlo con sabiduría. Sé que la sabiduría no es una de tus cualidades, pero debes tratar de adquirirla, por el bien de todos. ¿Me lo prometes?

—Sí, lo prometo —respondió Dika, deseando que la vieja acabara de sermonearla de una buena vez.

—Se te pagará por decir lo que veas, y por responder preguntas. —La anciana tosió. —Casi siempre deberás decir la verdad, para así crear una buena reputación, pero algunas veces... algunas veces quizás... tengas que mentir. Hay mucha maldad en el mundo, Dika. Tú... tú eres muy joven para entender eso. Lo importante es que tu poder no beneficie a la maldad. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Sí, abuela —respondió Dika, pensando que la anciana estaba delirando o algo así. ¿Cuándo iba a darle el maldito don?

—Dame tus manos —dijo Tshilaba, y la joven así lo hizo. Los dedos de la anciana eran nudosos y fríos, como las ramitas de un árbol seco. Muy frágiles y quebradizos.

Dika sintió un cosquilleo en sus propios dedos, y eso fue todo. La anciana retiró sus manos.

—¿Ya está? —preguntó la joven.

—Ya está. Usa bien tu poder, Dika. A veces los errores se pagan muy caros.

Pero Dika ya no estaba escuchando. Miraba la palma de su mano derecha, y de pronto veía un sinfín de cosas, como si fuera la página de un libro escrito en un lenguaje que sólo ella podía entender. Se quedó sin aire unos segundos, porque aquello era demasiado fantástico. Había tenido sus dudas sobre la existencia del don, pero se habían borrado de un plumazo. El poder era real, y ahora le pertenecía. Sólo a ella.

Trazó las líneas de la palma con el índice, y en sus labios apareció una sonrisa. Luego ella se volteó hacia la anciana.

Tshilaba no se movía. Había dejado de respirar mientras Dika contemplaba su propia mano.

La muchacha se encogió de hombros y volvió a sonreír.

*****

El carromato estaba a oscuras excepto por dos velas, una a cada lado de la mesita. No había sillas ni almohadones. Dika y su cliente estaban arrodilladas sobre una alfombra de lana, la primera de ellas sosteniendo las manos de la otra con las palmas hacia arriba.

Habían pasado dos años desde la muerte de Tshilaba, y Dika ya se sentía bastante cómoda con su profesión. El don le permitía leer las manos, pero la muchacha tenía una habilidad natural para tratar con la gente. Aun sin el don, quizás hubiera podido ganarse la vida haciendo eso sin ningún problema; sólo había que decir las cosas apropiadas en los momentos apropiados, y sacar ventaja de algo tan simple como la naturaleza humana.

Su cliente, por ejemplo. No había dicho su apellido y llevaba ropas modestas, pero Dika adivinó, por el aspecto de su piel y por sus modales, que ésa era una dama de la alta sociedad. Sin duda tenía un montón de amigas tan acaudaladas como ella; si la dejaba conforme, las demás señoras aparecerían en poco tiempo.

La gitana contempló las suaves palmas y dijo:

—Veo que su vida en general es feliz, aunque también detecto que la rodea mucha gente envidiosa.

La dama frunció el ceño, pensando tal vez que aquélla era una simple deducción. Dika sonrió para sí. Ahora venía lo bueno. La muchacha levantó un poco la palma izquierda de la dama y continuó:

—Usted le hizo daño a una persona en el pasado. Un hermano o hermana, quizás. El lazo de sangre es importante.

Dika bajó la mano izquierda de su cliente y levantó la derecha.

—Esa persona aún está enojada. Finge que no, pero no ha olvidado el daño y piensa desquitarse. Usted deberá protegerse, o hacer las paces para que el enfado deje de ser una amenaza. El amor es fuerte. Su anillo me dice que está casada, y aquí veo que también tiene hijos. ¿Dos o tres?

—Son dos. —La dama ya no mostraba ni una pizca de escepticismo.

—Dos hijos. Qué bonito. Ellos deben quererla mucho, y su marido también. Pero... la salud es más delicada. No espere al invierno para cuidarse, empiece ahora. Veo que hay un mal en la familia, posiblemente una enfermedad hereditaria.

—Mi madre... —comenzó la mujer, pero no terminó la frase.

—Está bien, no necesito saberlo. Si se cuida, no enfermará. No se preocupe.

—¿Algo más?

—No, eso es todo. Lleva una vida muy tranquila, ¿no?

—Es lo mejor. Me preocupaba que la guerra nos afectara, pero eso no va a pasar, ¿verdad?

—Hasta donde puedo ver, su vida seguirá tan tranquila como hasta ahora.

La mujer sonrió, y Dika sintió una punzada de resentimiento. A los ricos siempre les iba mejor en las guerras. No eran como las demás personas, que tenían que arrastrarse hasta salir del fango, condenadas a una lucha diaria por la supervivencia.

No obstante, los ricos le servían a Dika y su familia. La señora sacó de su bolsillo un buen montón de dinero y se lo pasó a la gitana por un costado de la mesa.

—Por favor, no le digas a nadie que me has visto por aquí. Hablaré bien de ti, ¿de acuerdo? En verdad tienes un don.

—Gracias. No diré una palabra.

La dama sonrió de nuevo y se retiró, dejando a Dika muy satisfecha. Quería contar el dinero, pero entonces su hermano le avisó que había otro cliente esperando una lectura.

—Es un soldado —aclaró el joven en voz baja. Dika frunció el ceño. No le gustaban los soldados, pero en tiempos de guerra más valía no enemistarse con ellos.

—Hazlo pasar —dijo la muchacha.

El hombre que entró al carromato era alto, de unos treinta años de edad, y su uniforme estaba impecable. El cabello rubio le asomaba por debajo de la gorra, que no se quitó, y sus ojos grises tenían una mirada penetrante. Dika se puso de pie y luego le indicó a su cliente que se sentara.

—He oído que tiene usted un talento muy particular —dijo el soldado. Su voz era grave, y a la joven le produjo un escalofrío, aunque no supo decir por qué. Simplemente había algo raro en ese hombre.

—Los rumores son ciertos —replicó la muchacha.

El soldado se quitó los guantes y apoyó las manos en la mesa.

—Entonces dígame qué es lo que ve, señorita. Hay algo que necesito saber.

La joven tomó con las suyas las manos cálidas del soldado y observó las palmas. No había en ellas nada de extraordinario en su forma, color o líneas, pero a medida que Dika las examinaba, se fue apoderando de ella una sensación de vértigo. De pronto su frente se humedeció de sudor, y el corazón le latió con mayor rapidez. Ver esas manos era como sumergirse en una infinita oscuridad, no la que produce la mera ausencia de luz, sino la que se encuentra en un vacío capaz de absorber hasta las almas inmortales. Sin embargo, los rasgos de ambas manos aún eran legibles, por lo que, después de tragar saliva, Dika preguntó:

—Y... ¿qué es lo que quiere saber?

—Tengo una misión —dijo el soldado—. Una misión muy importante y delicada. No admite errores, y mi... comandante es soberanamente estricto. Debo estar seguro de que tendré éxito, porque si sigo adelante y fracaso, las consecuencias serían terribles para mí. ¿Qué ve en mis manos, gitana? ¿Fallaré o no?

Dika volvió a tragar saliva. La oscuridad de aquel hombre le atenazaba el pecho, y sus palmas contaban una historia de malas acciones. El futuro, por otro lado, no estaba tan claro. La respuesta a la pregunta del soldado saltaba a la vista, pero no sus consecuencias. ¿Por qué no podía verlas? ¿Qué era exactamente lo que él se proponía?

—¿Y bien? —dijo el soldado.

Dika titubeó. Por primera vez en dos años, la muchacha recordó las advertencias y consejos de su difunta abuela. Fuera quien fuese aquel extraño soldado, y fuera cual fuese su misión, de algo sí estaba segura la gitana: lo último que debía salir de su boca era la verdad.

La muchacha se preparó para inventar una mentira. Podía hacerlo; ya antes había engañado a gente muy astuta. Dika tomó aire... pero antes de que empezara a hablar, el soldado retiró una mano y sacó algo de su bolsillo, que depositó sobre la mesa.

No eran billetes. El metal brillaba cálidamente en la luz del fuego: diez monedas antiguas.

—Hay más de donde vinieron éstas —dijo el soldado—. Si me da la información correcta, y todo sale bien, triplicaré esta cantidad.

Dika tomó una de las monedas. No pudo determinar su procedencia, pero eso no le importaba, sino el peso del objeto en su mano. Oro macizo. Los ojos de la muchacha reflejaron los destellos del precioso metal.

—La misión será exitosa —dijo ella sin pensar.

El soldado sonrió.

(Continuará...)

Gissel Escudero

22 de junio de 2010

Los dioses

Los monos chillaban como pájaros en lo alto, sacudiendo las copas de los árboles al saltar de una rama a la otra. Abajo la atmósfera era insoportablemente húmeda y calurosa, pero eso poco le importó a Xavier mientras seguía al indígena de camino a su aldea. Estaba emocionado. Después de meses de ganarse la confianza de aquellos salvajes, por fin le mostrarían aquello que constituía el centro de su cultura y su sociedad. Le enseñarían a sus dioses. Las deidades que, según los indígenas, habían tomado cuerpo en seres de carne y hueso para gobernar a la tribu.

Xavier había visto grabados muy antiguos en la piedra representando a esos dioses. Eran criaturas grotescas, vagamente humanoides, de cuerpo ancho y bulboso. Según los indígenas, tenían piel de serpiente y se alimentaban de sangre y leche. Era interesante, pensó Xavier, la manera en que se desarrollaban la culturas cuando el aislamiento era completo, sin influencias de ninguna clase. Aquellas tribus perdidas en la selva nunca habían tenido contacto con la civilización hasta ahora; sus costumbres eran puras, extrañas, únicas.

Habían llegado a la aldea. La tribu vivía en pequeñas tiendas hechas de cuero y ramas, que trasladaban de un lado a otro cuando se agotaban los recursos de una región. La tienda de los dioses estaba en el centro, custodiada por dos hombres provistos de lanzas. Ambos tenían marcas en el rostro, tatuajes en relieve con forma de garras animales; los hombres eran, por lo tanto, guerreros del más alto rango.

El guía le indicó a Xavier que hiciera un gesto frente a los guardias, una señal de respeto y buena voluntad. El explorador obedeció, extendiendo además los brazos para demostrar que no llevaba armas. Vestía solamente unos calzones y unas sandalias de piel, y se había bronceado deliberadamente para que el contraste con los indígenas no fuera tan marcado; sin embargo, los guerreros quedaron sorprendidos por su mayor estatura y su barba, puesto que ellos no medían más de un metro cincuenta y carecían de vello corporal. Alrededor de la tienda, los demás integrantes de la tribu contemplaron al extranjero con infinita curiosidad.

El guía le ordenó a Xavier que esperara, luego entró a la tienda y salió acompañado de otro hombre, el chamán de la tribu. Éste miró a Xavier con una expresión que al hombre le produjo escalofríos: algo no estaba bien ahí. Su guía le había dicho unos días antes que el chamán no permitía que las personas vieran a los dioses muy a menudo porque eran sagrados, y el anciano sólo había autorizado la visita después de que Xavier ofreciera comida y otros bienes. Pero había algo más que suspicacia en la mirada del chamán, quizás un secreto que no debía ser revelado.

Pese a todo, el viejo movió un brazo y tanto Xavier como su guía lo siguieron al interior de la tienda.

Entonces Xavier vio a los dioses.

Eran como los grabados en la piedra, dos seres deformes y de piel gris y escamosa. Estaban echados sobre una cama de hojas secas, desnudos, profiriendo unos sonidos ininteligibles; sus ojos apenas se distinguían entre los pliegues de la cara, y la lengua de uno de ellos asomaba por la boca, dejando caer un hilo de baba.

Xavier hizo una mueca. No pudo evitarlo. Aquellos dioses eran sólo niños de unos nueve o diez años, aquejados por alguna enfermedad degenerativa. Las creencias de su propia tribu los habían condenado a vivir así, cuando quizás otra población salvaje habría tenido un poco más de piedad hacia ellos y terminado su patética existencia.

Xavier miró entonces al chamán y descubrió su horrible secreto: él lo sabía. Quizás no supiera el nombre del padecimiento, pero sí que aquellos seres no eran dioses, sino niños enfermos. Probablemente les había mentido a los suyos por una cuestión de poder, otorgándose el privilegio de ser el intermediario entre los supuestos dioses y la tribu.

El explorador descubrió algo más: el chamán había adivinado que su secreto estaba ahora en peligro. El conocimiento brillaba en su mirada astuta, como llamas de ira que desearan quemar al intruso.

Uno de los niños balbuceó. El chamán se inclinó sobre él para escuchar y luego señaló a Xavier con el dedo, gritando algo a sus guardias. Éstos corrieron hacia Xavier apuntándole con sus lanzas.

El explorador no perdió un segundo en sacar la pistola oculta entre sus escasas ropas. Dos disparos bastaron para derribar a los guardias, y otro para matar al chamán. El guía huyó de la tienda, llamando al resto de la tribu. No quedaba mucho tiempo, pensó Xavier.

El hombre dio media vuelta y caminó hacia los pobres niños. Acabar con su sufrimiento sería un acto de misericordia, no un asesinato. Apuntó a las deformes cabezas y disparó.

Xavier abandonó la tienda. Los indígenas se abalanzaron sobre él para matarlo, pero él los disuadió derribando al que estaba más cerca de él. Ellos no sabían que no tenía balas para todos, de modo que retrocedieron, chillando de horror. Xavier empezó a correr. Sus compañeros lo esperaban a cierta distancia de la aldea, y también tenían armas de fuego. Pronto estaría a salvo entre los suyos.

Si había un dios de verdad en alguna parte, ojalá lo perdonara por lo que acababa de hacer.

Gissel Escudero

11 de junio de 2010

La belleza está en el ojo del observador

No había luz en el interior del templo abandonado. En algún lugar se colaban las olas del mar, golpeando las rocas y las columnas y dando al ambiente un olor a sal.

El templo también olía a peligro. Sin embargo, el pintor se adentró en él, aferrando un papiro y sus pinceles en una mano y una antorcha en la otra. El cuerpo le temblaba, pero no de miedo, sino de emoción, y su corazón latía como el de un hombre enamorado.

No estaba solo. Podía escuchar el sonido de las escamas rozando la piedra. Ella sabía que el pintor estaba ahí y lo vigilaba, preparándose para atacar. Pronto se arrojaría sobre él.

Poniéndose de espaldas y de rodillas, el pintor cerró los ojos, depositó en el suelo todo menos la antorcha, y alzó las manos para demostrar que no llevaba armas consigo. El sonido de las escamas estaba muy cerca ahora, casi frente a él.

—Vengo en paz —dijo el pintor. Le respondió un siseo cargado de ira. —Sólo quiero retratarte. Yo... creo que eres hermosa.

La criatura se detuvo. Probablemente no había escuchado esas últimas palabras en mucho tiempo, y debían haberla sorprendido.

—Aún no te he visto —siguió el pintor—, pero si me dejas mirarte no cambiaré de idea. Sé cómo eres. Y aun así pienso que en ninguna parte encontraré una criatura más bella que tú. Te llaman monstruo. Están equivocados. ¿Puedo abrir mis ojos? Quiero capturar tu imagen para admirarte por siempre.

No hubo respuesta, pero tampoco pareció que la criatura siguiera enfadada.

El pintor se atrevió a mirar, usando un espejo. Ella estaba reclinada contra una columna, en actitud reflexiva.

—Sí, eres hermosa. Gracias —dijo el hombre, y extendió el papiro para retratar a la criatura.

Trabajó por horas bajo la luz de la antorcha. Sus pinceles captaron todos los detalles: la piel de reptil, las alas doradas... y las serpientes que se agitaban sobre el rostro delicado, en magnífico contraste.

La criatura estaba embarazada, y acariciaba su vientre con extraña ternura, preguntándose quizás qué daría a luz cuando llegara el momento. El artista no dejó pasar el gesto, que le pareció tan bello como el resto de aquel ser.

—Ya he terminado —dijo el pintor—. ¿Quieres verlo?

La criatura se acercó a él y contempló la pintura por encima de su hombro. La opinión del artista se reflejaba en las líneas, haciendo que lo grotesco se tornara casi agradable.

Permanecieron así unos instantes. Luego la criatura tapó los ojos del pintor y lo hizo girar hacia ella.

El hombre sintió que los labios de la criatura se posaban sobre los suyos y devolvió el beso sin titubear. Ella se retiró, y recién entonces el pintor abrió los ojos.

—Gracias. Adiós, hermosa mía —dijo él, y se marchó del templo esquivando docenas de estatuas humanas que no eran tales.

El artista conservó la pintura hasta el día de su muerte. Sin embargo, sus herederos la quemaron en una hoguera, porque nadie más que su autor podía mirar el retrato de Medusa sin convertirse en piedra.

Gissel Escudero

18 de mayo de 2010

La maldición de la faraona

A pesar de que su reinado fue breve, y por lo tanto pocos registros quedaron en la historia, igual circula una extraña legenda acerca de aquel joven faraón.

Se dice que una noche salió a cabalgar por las arenas del desierto. Vio entonces dos puntos luminosos, verdes como esmeraldas, y se acercó a ellos preguntándose qué serían. El caballo se encabritó por un momento, pero el faraón logró controlarlo y desmontó, aún sin discernir qué eran aquellos puntos luminosos.

Una mujer apareció ante él. Eran sus ojos los que brillaban en la oscuridad, revelando un rostro hermoso y una larga cabellera de color miel. Hipnotizado por su belleza, el faraón se inclinó ante ella y le besó los pies, jurándole devoción eterna.

El faraón tomó por esposa a aquella sacerdotisa de la diosa Bast. No tuvieron hijos pero su amor fue intenso, y cuando el faraón murió a causa de una peste, ella ordenó la construcción de una tumba de oro, donde depositó unos objetos sagrados que habrían de proteger el cuerpo del difunto. Después de eso, la sacerdotisa desapareció en el desierto y nunca más se supo de ella.

*****

—Ya falta poco —le dio el saqueador a su compañero, mientras ambos se arrastraban por el túnel. No había huellas en el polvo, y las telarañas eran antiguas; ellos serían los primeros en entrar a aquella tumba perdida bajo las dunas.

Por fin llegaron a la cámara funeraria. Allí encendieron una antorcha, y la luz les mostró un tesoro: las paredes y el sarcófago estaban cubiertos de oro.

—Magnífico —dijo el segundo saqueador.

El hombre miró en derredor, y entonces notó las inscripciones en el metal. Sus dedos recorrieron un símbolo que se repetía más que otros: un ojo de pupila vertical.

—¿Qué crees que signifiquen estos grabados?

—No me importa. Ayúdame a levantar la tapa.

Ambos saqueadores abrieron el sarcófago, descubriendo una máscara funeraria también de oro, con incrustaciones de piedras preciosas. Los hombres se miraron con sendas expresiones de codicia.

—Mira —dijo el segundo saqueador, señalando los rincones—. ¿Qué serán?

—No lo sé. Ve a ver.

El hombre examinó los objetos que habían llamado su atención, y después hizo un gesto de desagrado.

—Son momias. Momias de animales.

—Déjalas ahí. Nos llevaremos el oro.

Los saqueadores comenzaron a arrancar las láminas de las paredes, y de pronto la antorcha se apagó, y por toda la estancia se escucharon susurros.

—¿Qué fue eso? ¡Hay alguien más aquí!

—No seas tonto. Deben ser ratas.

Los susurros se convirtieron en siseos, y luego los saqueadores gritaron.

*****

Fragmento de la carta de Thomas Ferrell, arqueólogo, a su colega en Londres:

"Y esto fue lo que vimos cuando llegamos a la cámara funeraria: había dos cuerpos humanos en el suelo, casi desprovistos de carne. Sus ropas eran contemporáneas. Las paredes estaban tapizadas de oro, y en el suelo, alineadas como centinelas, había unas veinte momias felinas.

"El sarcófago estaba abierto, y sobre la máscara funeraria había una gata dorada, de carne y hueso, que siseó al vernos. Sus ojos verdes reflejaron la luz de nuestras lámparas.

"Hamadi, nuestro guía, retrocedió y nos dijo que debíamos salir de ahí cuanto antes, porque la tumba estaba protegida por los dioses. Estuve a punto de decirle que sólo eran supersticiones, pero cuando miré de nuevo a la gata, juro que me recorrió un escalofrío.

"Salimos al desierto, y entonces, ante nuestros ojos, la arena volvió a cubrir la tumba que tanto nos costó desenterrar. Pronto no hubo ni un solo rastro de ella."

Gissel Escudero

23 de abril de 2010

La canción más triste del mar

Hacía mucho tiempo que la criatura cantaba sin que nadie le respondiera, a pesar de que su voz viajaba muy lejos en las aguas. Cantaba y nadaba entre las olas, encontrando otros seres por el camino, pero nunca uno de su especie. Peces plateados, amistosos delfines que reían al dar volteretas en el aire, medusas transparentes con tentáculos de gasa; ninguno hablaba su idioma.

¿Dónde estaban los suyos? Los había perdido de vista años atrás, y aunque no recordaba bien las circunstancias, un oscuro dolor anidaba en su mente desde aquel entonces, como la sombra de una pesadilla que se le hubiera adherido a la piel.

El océano era demasiado grande para recorrerlo sin compañía. Necesitaba una voz, una sola era bastante, para cantar en armonía bajo la superficie, entre los rayos del sol que temblaban con la marea.

Entonces la escuchó: la canción de otro ser igual a él, un alma gemela en la eternidad. La criatura nadó en busca de su congénere, sintiendo una felicidad que había creído olvidada para siempre. Los demás habitantes del océano se apartaron para dejarlo pasar, mirándolo con curiosidad.

La canción lejana se transformó en un grito de dolor. La criatura volvió a sentir la pena de antaño, recordando por fin el motivo de su soledad, y se apresuró para auxiliar al otro ser de su especie antes de que fuera demasiado tarde.

Pero ya no quedaba nada cuando llegó al lugar exacto. Sólo el sabor de la sangre disuelta en el agua, y a lo lejos, perdiéndose en el horizonte, la sombra de un barco que volvía a la costa con su fúnebre carga.

La criatura lloró, y aunque sus lamentos alcanzaron los abismos más profundos del mar, nadie entendió el mensaje.

Poco a poco, la última ballena azul dejó de nadar y se hundió en la oscuridad.

Gissel Escudero

22 de marzo de 2010

El candelabro

La mujer vestida de negro lloraba en brazos del rabino, quien la abrazaba como a una hermana. Habían estado así un buen rato, pero el dolor que ella llevaba en el pecho era demasiado grande para salir con las lágrimas.

—Yo también lloré por tu hija, Ester —dijo el hombre—. No sabes cuánto lo lamento.

La mujer se apretó un poco más contra él. Estaba helada, a pesar de que la noche era cálida.

—Ellos la dejaron ahí para que muriera —gimió ella—. La violaron una y otra vez, y luego la dejaron en el bosque, sola y desnuda, sangrando hasta que murió. ¿Por qué le hicieron eso? ¿Cómo pudieron torturarla así? Mi hija debe haber suplicado, pero ellos no tuvieron piedad.

—Yahvé los castigará, Ester. Ningún pecado escapa de su brazo justiciero. Ven, reza conmigo. Rezaremos para que tu hija encuentre la paz, y para que sus asesinos reciban lo que merecen por su terrible pecado.

—No.

La mujer se resistió, y levantó la cara para mirar al rabino a los ojos. Había fuego en ellos, la pasión de una madre en busca de justicia.

—No puedo esperar a que Yahvé los castigue —dijo Ester—. Los asesinos de mi hija siguen ahí afuera, y estoy segura de que viven en este mismo pueblo. ¿A cuántas jóvenes más violarán hasta que por fin les llegue su castigo? ¿Cuántas otras madres sufrirán lo que yo estoy sufriendo ahora? Yo sé que ellos se ríen por lo que hicieron. La vida de mi niña no valía nada para ellos, se divirtieron con ella hasta matarla. Tal vez ni siquiera recuerden su nombre ahora. Pero yo sí lo recuerdo. Yo sí recuerdo a mi Raquelita. Ella sólo tenía quince años.

El rabino guardó silencio unos minutos. Mil pensamientos cruzaron su rostro, y todos ellos reflejaban el dolor de la pobre madre que tenía frente a él. Finalmente su mirada se volvió sombría, como si acabara de tomar una decisión por la que más tarde tuviera que pagar con su propia sangre. El hombre dijo:

—Sígueme, Ester. Tu hija será vengada. Sígueme.

El hombre abrió un armario y sacó de él un candelabro de oro muy antiguo. Las siete velas también eran antiguas, y no quedaba mucho de ellas. El rabino las encendió todas, murmurando una plegaria. Luego se volteó para decirle a la mujer:

—Ahora apágalas, Ester, mientras piensas en lo que esos criminales le hicieron a Raquel. Piensa en cuánto la amabas. Piensa en cuánto la hicieron sufrir esos desgraciados. Piensa en eso y apaga las siete velas. Los culpables serán hallados, y te prometo que yo mismo me encargaré de que reciban su merecido.

Ester tomó aire y apagó las velas. Siete hilos de humo se elevaron hasta el techo, y poco después alguien entró por la puerta principal. Era el hijo del rabino.

—Ya encerré a los caballos en el establo —dijo el muchacho, pero su padre no respondió. Tanto él como Ester miraban al joven, quien tenía una extraña marca en su frente.

La cara del rabino palideció, y de sus labios brotó un gemido.

—Vete, Ester —balbuceó el hombre.

—La promesa...

—No romperé mi promesa. Vete.

La mujer se apresuró a salir de la casa, pero antes de cruzar el umbral se dio vuelta para mirar al rabino, quien había agarrado el pesado candelabro como si fuera una espada.

Ester cerró la puerta tras ella y se perdió en la noche, atesorando en su corazón los gritos que llegaron a sus oídos.

Gissel Escudero

1 de marzo de 2010

Casa de muñecas

Las muñecas estaban por todos lados, cada una en su propia caja de cristal. Ésta tenía un vestido de princesa, aquélla una bata blanca, la de más allá un trajecito brillante con alas de mariposa. Excepto por sus atuendos y peinados, eran casi iguales.

Hacía horas que recorrían la casa. Su dueña se detenía frente a cada muñeca para explicar dónde la había conseguido y por qué era especial. Hablaba de ellas con el cariño de una madre, lo cual no dejaba de ser un poco escalofriante.

Lucinda sentía que las muñecas la miraban, clavando en ella sus ojos falsos y sonriéndole con sus bocas pintadas. Eran como abejitas que la picaban por todo el cuerpo.

"No eres como nosotras", parecía decirle la que estaba junto a la ventana, con un tutú rosa y zapatillas de ballet.

"Es verdad. Sólo mírate: qué patética", creyó escuchar a la que vestía como princesa. "Con esas piernas cortas y el pecho plano."

"Y tus cabellos, qué horribles", añadió la que imitaba a Rapunzel. "Ese color no es atractivo."

"Y seguro tendrás que operarte la nariz", opinó la muñeca con bata y estetoscopio. "Es decir, mira a tu madre, con ese apéndice de loro tan poco elegante. Seguro que lo has heredado. Empieza a decirle que ahorre dinero para la operación, niña."

"Mi mamá es bonita y dice que yo también lo soy", quiso responder Lucinda, pero no le salieron las palabras. Sin embargo, ellas escucharon sus pensamientos y profirieron exclamaciones de desprecio.

Pasaron a otra sala. Allí había muñecas en bikini, muñecas con atuendos tropicales, muñecas dispuestas en escenas de playa, con sombrillas de colores y vasos diminutos de refresco.

"¡Uy, qué niña tan gorda!", opinaron al ver a Lucinda, y se rieron a carcajadas.

"¡Parece una ballena!", dijo una de ellas.

"¡O una morsa!"

"Niña, tienes que ponerte a dieta ya mismo. Dile a tu madre que ponga más lechuga en tu plato, o tendrán que hacerte una lipo cuando cumplas catorce años."

Lucinda trató de protestar, de decir que ella sólo tenía nueve años y que necesitaba comer bien para crecer, pero las muñecas la hicieron sentir tan culpable que se mantuvo callada y apretó la barriga. ¿Cuánto faltaba para terminar el recorrido? Empezaba a faltarle el aire.

Pero no, aún quedaba una última sala, y las muñecas no habían terminado de criticarla.

"¡Qué asco de dientes, tan desparejos! Mira mi sonrisa perfecta. ¿Cuándo van a hacerte una ortodoncia?"

"¿Y cuándo vas a aprender a caminar con tacones?"

"¿Y a caminar derecha?"

Hubo un breve silencio. Lucinda pensó que las muñecas habían decidido dejarla en paz, pero entonces cantaron a coro:

"Somos más hermosas que tú. Somos la perfección, y tú no puedes compararte con nosotras. Jamás serás como nosotras. ¡Eres fea, fea, fea...!"

Vencida, Lucinda se tapó los oídos y empezó a llorar, deseando que se la tragara la tierra.

—Lucinda, ¿qué te pasa? —le preguntó su madre.

—Mamá, quiero irme de aquí.

—Pero la señora nos ha invitado a merendar...

Por favor. Vámonos.

—Está bien, dame un minuto.

La madre de Lucinda se disculpó con la dueña de casa. Ya en el auto, le preguntó a su hija:

—Luci, ¿qué sucede? Ya estás grande para tenerle miedo a las muñecas, y además eran bonitas, no como esas muñecas de porcelana con caras tétricas.

—Sí, mamá —dijo Lucinda, pensando que su madre jamás entendería—. ¿Podemos irnos?

La mujer arrancó el auto y se alejaron de la casa, dejando por fin atrás la enorme colección de muñecas Barbie.

Gissel Escudero